28 abr. 2017

Almadraba*

La noche aquí es un arte de pesca,
un laberinto de redes
que nos impide aparecer
en los nuevos retratos de familia.
Hosca, impenetrable,
nos corta la respiración
y espera a que nuestras voces
se conviertan en un silbido
que apenas se escucha.

Como el atún rojo
cuando se dirige
a las fauces del Mediterráneo,
nuestro destino es presa
de esta oscuridad
que se asegura de dejarnos
con cada vez menos recuerdos
y  la angustia de ser felices,
tremendamente felices en otra parte.


*Oí por primera vez esa palabra en boca de mi padre, que fue un gran pescador y sabía muchísimo de artes de pesca. Ya no recuerdo por qué, una noche de 2011 ó 2012 se me pareció a una almadraba.

18 abr. 2017

Tres grandes ríos

En mi infancia hubo tres grandes ríos: el Arimao (gracias a mi padre), el Almendares (gracias a los Venegas) y el Mississipi (gracias a Tom Sawyer y Huckleberry Finn). A finales del mes que viene, Diana y yo dormiremos tres noches en San Luis. 
Además de conocer en persona al caudal que inspiró a Twain y a los fundadores del blues, podré ver jugar a Aledmys Diaz, quien nació —como yo— muy cerca del Arimao. Si le contara eso al niño que fui, no dormiría de la emoción.

8 abr. 2017

11 y 6

Acaba de cumplir 11 años y hace 6 años que somos parte de la misma familia. Ayer le conté que yo tenía su misma edad cuando mi padre me hizo una maleta de madera y —después de navegar por encima de las montañas del Escambray, en un barco que seguía el antiguo cauce de un río— llegué al Nicho.
Le conté que nos levantaban a las 6 de la mañana, que solo desayunábamos agua con azúcar caliente y, a veces, un pedacito de pan. Luego nos formaban en una plazoleta y salíamos en fila india para los cafetales, donde chapeábamos, sembrábamos, escardábamos, aporcábamos y recogíamos café.
Al mediodía, nos bañábamos en una ducha de agua helada, almorzábamos harina de maíz con frijoles y volvíamos a formar en la plazoleta para salir en fila india hacia las aulas. Siempre que le cuento algo a María ella me presta mucha atención y, por lo regular, me hace preguntas.
—Suena divertido —fue su única respuesta esta vez.
Aunque yo había hecho la comparación con el ánimo de contrastar nuestras experiencias de vida a la misma edad, ella solo escuchó la geografía dónde sucedían las cosas. Me volvió a preguntar por el barco. Cuando le conté todo sobre el lago Hanabanilla, se lamentó de que los alrededores de la Loma de Thoreau no fueran navegables.
Al final advertí que el culpable de que no funcionara la dramatización de mi infancia era yo mismo. Desde pequeñita la estamos llevando al monte. Juntos hemos sembrado, escardado, aporcado y cosechado. Logramos, incluso, que le perdiera el miedo a la noche oscura en medio del campo.
—Feliz cumpleaños, mi niña —le dije, mientras en algún lugar de mi cabeza sonaba la música de la inolvidable canción de Fito.

7 abr. 2017

Cara C*

Estábamos sentados sobre la tarde
del antiguo Coney Island,
a un costado de la estación
que acabó extraviando
el tren de Marianao.
Te dio por hablar del silencio
y de la tristeza que da
en un parque de diversiones.
Yo me mantuve callado.
Hice todo lo que pude
para que llegara hasta ti
el sonido de un tambor
que alguien afinaba
en algún lugar de la playa.
Entonces empezó a llover
sobre la cara C
de aquel disco de Hendrix
que tanto nos gustaba.
La lluvia acabó sonando
igual que la guitarra.
Volvimos desnudos
al país que nos esperaba
del otro lado
de la 5ta. Avenida.

Hablar en nombre
del tiempo
es una responsabilidad
muy grande,
pero estoy seguro
de que aquella misma tarde
se fueron de Cuba los años 80.

*Una mañana cualquiera, a principios de la década del 90, volví en bicicleta a Cubanacán. Ya no recuerdo la razón, pero debió ser para ver a mi hermano Eduardo Lozano, quien entonces estudiaba en el Instituto Superior de Arte. Al pie de la escalera que subía a mi antiguo albergue, hice este poemita que permaneció abandonado hasta hoy.

La gran temporada

Diana Sarlabous y yo lo compartimos todo, incluso las tarjetas de crédito. Por eso advirtió un cargo desconocido. 
—¿Cucho, qué fue eso? —me preguntó. 
—La temporada completa —le respondí. 
Como seguía sin entender, iba a tratar de explicarme mejor en el momento en que Yasiel Puig conectó un largo batazo que se voló la cerca del left field del Dodger Stadium. Era el segundo de la noche. Caballo Salvaje, además, negoció dos boletos, anotó dos carreras, remolcó cuatro más y se robó una base. 
—Ahí lo tienes, Cucha, ese es el cargo. 
Entonces Yasiel la miró, hizo una señal hacia el cielo y pisó el home.

4 abr. 2017

Regalo de aniversario

Las canciones de Andrés Calamaro nos han acompañado desde la primera noche. Nos conocimos mientras yo leía un texto donde El Salmón canta “Estadio Azteca”. Luego le dimos la vuelta a Cuba en un carro alquilado en el que sonaban Alta suciedad, Honestidad brutal, El regreso y —sobre todo— La lengua popular.
Cada viaje de ida o vuelta a la Loma de Thoreau ha tenido a Bohemio, Jamón del medio, Pura sangre y Volumen 11 como banda sonora. Muchas veces, cuando torcemos por el Camino de La Lomita —que es la parte final del trayecto— pongo “La libertad”:

Creo que todos buscamos lo mismo,
no sabemos muy bien qué es ni dónde está,
oímos hablar de la hermana más hermosa
que se busca y no se puede encontrar.
La conocen los que la perdieron,
los que la vieron de cerca irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar,
la conocen los presos…
La libertad.

El próximo 12 de mayo, Diana Sarlabous y yo cumpliremos 5 años de esa felicidad compartida que ha sido encontrarnos, amarnos y casarnos. En honor a todo lo que han hecho por nosotros sus canciones, nuestro regalo de aniversario será un concierto de Calamaro.
Mi único deseo es poder envejecer junto a ella y, hasta el día en que me lleve a la cañada dentro de una lata de café Bustelo, “siempre seguir la misma dirección, la difícil, la que hace el salmón”.

Cine familiar

Diana y yo vemos una película todas las noches con María. Le llamamos “Cine familiar”. Es la manera que hemos encontrado para que ella también viva una experiencia que fue muy importante para nosotros. Muchos de nuestros recuerdos más queridos ocurrieron en aquellos largos días del siglo pasado en los que toda la familia acababa reunida frente a una pantalla.
Gracias a eso, he vuelto a encontrarme con muchas películas que hicieron de mi infancia un lugar único. Nuestra costumbre también me ha hecho recordar aquellas noches en que mis padres o mis abuelos me llevaban al cine y, cuando llegaba el momento de salir a la calle, me ponían un pañuelo en la boca.
Daba lo mismo que estuviéramos en el cine La Yaya de Manicaragua, en el Luisa de Cienfuegos o en el Justo del Paradero de Camarones. Nunca logré escaparme de aquella condición. “¡No te destapes la boca! —Me decía siempre mi abuela Atlántida—. ¡Hace mucha frialdad y puedes coger un aire!”
Anoche vimos Colmillo Blanco. María lloró frente a las mismas escenas que yo cuando tenía su edad. Al final le hablé de Jack London, de su literatura de lo salvaje y de sus protestas contra la “humanización” de los animales. Cuando le dije que era uno de mis escritores preferidos, sonrió con picardía.
—Se nota—me dijo—, Jarabacoa es tu Alaska.
Entonces apagamos el televisor y nos fuimos a dormir. Camino del sueño, le tapé la boca con un pañuelo.

3 abr. 2017

Gato Barbieri

Cuando estábamos construyendo la cabaña en la Loma de Thoreau, subíamos todos los sábados para ver el progreso de la obra. En uno de esos viajes, cuando aún faltaban unos dos meses para que pudiéramos mudarnos, descubrimos que una rata ya se había instalado en la cocina.
Lo primero que se me ocurrió fue bajar al pueblo para comprar una trampa. Diana, en cambio, pensó en un gato. La idea de la trampa era mucho más sencilla. Un buen pedazo de queso, con toda seguridad, sería irresistible. El gato, en cambio, necesitaba de alguien que se ocupara de él de lunes a viernes.
Nos estacionamos a medio camino entre la ferretería y Animal Planet, la tienda de mascotas de Jarabacoa. Fui por mi trampa, mientras Diana y María fueron a conseguir un gato. Compré una de esas que son tipo jaula y que te convierten en verdugo, porque debes ahogar a la rata una vez que es atrapada.
Cuando vi que María venía dando saltos de alegría, supe que se habían salido con la suya. Esa misma noche atrapé a la rata con la trampa y tuve que dejar a Barbieri (así le pusimos) encerrado en la que luego sería nuestra habitación. Ambos animales eran casi del mismo tamaño.
Han pasado cinco meses desde entonces. La trampa, ya oxidada, está donde guardamos los trastos que probablemente nunca más usaremos. No hemos visto a Barbieri cazar algo que no sean lagartijas, grillos y pequeños insectos, pero, en honor a la verdad, no hemos vuelto a ver un ratón.
Si salgo a caminar por el bosque, Barbieri me sigue de cerca como si fuera un perro. Si escribo, se echa a mi lado. Si leo, se me acuesta encima. A veces, mientras le acaricio la panza, le doy las gracias a la rata que ofrendó su vida para que nos encontráramos.
Al final, gracias a Diana y María, yo también he caído en una trampa. No tengo un gato, él me tiene a mí.