7 ago. 2017

Capitolio

Mi primo Lázaro Perez Venegas tenía un juego de Capitolio, es decir, la versión cubana del Monopolio. Cuando éramos niños y mi padre me llevaba a La Habana de vacaciones, nos pasábamos días enteros jugando. 
Aunque en la imagen no se puede leer el tablero, lo recuerdo de memoria: 
Salida/ Muralla/ Banca Comunal/ Cuba/ Impuesto/ Ferrocarril/ Águila/ Casualidad/ Monte/ Reina/ Cárcel/ Galeano/ Empresa Eléctrica/ San Rafael/ Neptuno/ Ferrocarril Occidental/ Belascoain/ Banca Comunal/ Infanta/ Carlos III/ Parqueo Gratis/ San Lázaro/ Casualidad/ Malecón/ Prado/ Ferrocarril del Sur/ 10 de Octubre/ Calzada de Luyanó/ Acueducto/ Vía Blanca/ ¡A la Cárcel!/ Avenida de los Presidentes/ Paseo/ Banca Comunal/ Quinta Avenida/ Ferrocarril Oriental/ Casualidad/ Miramar/ Impuesto de Lujo/ Biltmore.
Ahora solo me falta tirar los dados sobre la mesa, sobre esa Cuba imposible.

No coman cuento

Hace 17 años que vivo en República Dominicana y durante todo este tiempo mi sentido de pertenencia por este país no ha hecho más que crecer. Se lo debo a los increíbles dominicanos que me han tendido la mano al pasar y a lo que he hallado en mis caminos (han sido muchos). 
El sábado tuvimos que bajar a buscar a Ellen Pérez (comadre de Diana Sarlabous y una de sus amigas más queridas). Cuando volvíamos a la Loma de Thoreau, nos tocó ir detrás de una llovizna pertinaz y de este "delivery". 
Recuerdo que le dije a Diana que por cosas como esa yo amaba a este país. Entonces ella sacó el iPhone de sus cartera y, después de lidiar con la distancia y el enfoque, hizo eso esta foto.
Ya lo saben, si suben hasta Jarabacoa... ¡no coman cuento, coman queso Marte!

Dile algo al olor de los cipreses

No te dejes atemorizar
por ese enorme pájaro
que justo ahora
nos pasa por encima,
mientras sobrevuela
la casa, el bosque
y la neblina
donde por fin serás libre.

No permitas que su grito
aterrador
se clave en tu espalda.
Solo avanza despacio,
hasta que por fin 
alcances
la mejor vista del pueblo.
Dile algo al olor
de los cipreses
y piensa en todo
lo que tuvo que pasar
para que las cosas
llegaran a este punto.

No te dejes amedrentar,
ignora el peso
de su gigantesca sombra.
Si te fijas bien,
ahora eres tú
la que está
a punto
de empezar a volar.

2 ago. 2017

Cuba se detiene otra vez para que los cubanos no avancen

La dictadura de Cuba ha llegado a un punto que detesta que los cubanos disfruten cualquier tipo de bienestar, menos aún si llegan a él por cuenta propia. Prefiere que la gente no salga del círculo vicioso de la subsistencia, que permanezca encerrada en esa angustia las 24 horas del día.
Una tarde, hace ya unos años, llevé a Abilio Estévez a Casa de Teatro. Avanzábamos por la calle Padre Billini, atardecía en el corazón colonial de Santo Domingo. A un lado y al otro, la gente compartía en los colmados (bodegas). Nadie andaba sin camisa, nadie manoteaba ni gritaba, todos parecía disfrutar de ese momento.
“Los cubanos no tienen acceso a ninguno de esos placeres", me dijo Abilio y empezó a señalar cosas con la punta del dedo, como si estuviera dejando una enumeración por escrito. Hoy, al leer que el régimen de Raúl Castro “ha cancelado de forma definitiva la entrega de licencias para varios negocios privados”, recordé aquella escena.
En la Resolución del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), se advierte que “no se concederán nuevas autorizaciones para un grupo de actividades hasta tanto concluya el perfeccionamiento del trabajo por cuenta propia”. Dicho en otras palabras, Cuba se detiene otra vez para que los cubanos no avancen.
Los que tenían pensando arrendar una vivienda, pueden olvidarse de ello. El que pretendía vender croquetas, debe abandonar su sueño. El que tiene arte para remendar autos destrozados y quería poner su propio tallercito, es mejor que vaya buscando otra cosa a la que dedicarse. La lista es larga, la de las prohibiciones quiero decir.
Una vez más el Estado cubano reafirma que, además de privar a sus ciudadanos de sus libertades individuales y sus derechos fundamentales, también está dispuesto a intervenir sus sueños y cualquier ansia de mejoría en el futuro.

28 jun. 2017

Con Luisito

En esa foto aparecemos Luis Alberto García, Bladimir Zamora y yo. Fue justo en el momento en que nos reencontramos en La Habana, después de 10 años sin vernos. Las cosas tienen movimiento, decía Fito Páez en una canción inolvidable y nosotros aquí parecemos darle la razón. 
Digo todo esto porque hoy, después de que Luisito tomara en cuenta los últimos sucesos, algunos se le tiraron al cuello de su reputación. No faltó quien lo atacara de una manera tan burda, que no dejo otra opción que no fuera la de perderle el respeto. 
¿Cuándo aprenderemos los cubanos a tolerar y a permitir que alguien piense diferente a nosotros sin tener que ofenderlo? Sí, sé que nos adoctrinaron para que actuáramos así; pero no iremos a ninguna parte —como pueblo, quiero decir— si seguimos repitiendo la historia una y otra vez. 
Luisito, además de ser una persona que quiero mucho, es uno de los artistas más admirables que he conocido en mi vida. Su sensibilidad no le cabe en el cuerpo y su talento como actor me hace sentir orgullo de haber nacido en el mismo país que él. 
Denigrarlo por sus opiniones es, cuando menos, estúpido. Y esa es la única palabra que se me ocurre para calificar a quien con tanta saña y poca gracia le han descalificado.

23 jun. 2017

La tatagua

Esta enorme tatagua vivió con nosotros tres días. Quien advirtió su presencia fue Dino. Empezó a ladrarle a una de las esquinas del comedor y no descansó hasta que yo levanté la vista y la vi. Parece que aprovechó la madrugada para marcharse.
Nunca le dije que el campamento de pioneros al que me llevaban en mi infancia tenía su nombre. Estaba en la costa, junto a una caleta. El aire allí siempre olía a verano, como Santo Domingo ahora.
Una vez mi padre me acompañó. Recuerdo que consiguió un bote y remamos hasta la desembocadura de un río. A lo lejos, en las bocinas del campamento, se oía una machacona canción sobre un niño vietnamita.
Donde quiera que esté, le doy las gracias por todos los recuerdos que me dejó ahí, en lo alto, en una esquina del comedor.

22 jun. 2017

Matecumbe*

El aire gris y la sal transparente.
Los sonidos del Golfo 
y la luz 
que, 
a nuestras espaldas,
marcaba 
el camino de regreso.
¿Cuánto nos falta para llegar?,
preguntaste con los pies
contra el vidrio de la tarde.
¿Acaso nos fuimos alguna vez?,
te respondí,
mientras me cubría
de los rayos de un blues.

Cuando llegamos al final
de Matecumbe,
ya sobre el canal,
miraste el reloj,
me tomaste
de la mano
y dijiste que aún
estábamos a tiempo.
La luz, cada vez más lejana,
parecía darte la razón.
Ya en Isla Morada,
el aire gris y la sal transparente
habían desaparecido
por completo.
Nos quedamos a solas
con los sonidos del Golfo
y la escasa claridad de una guitarra
que estaba a punto de apagarse.

*Cada vez que hablo con alguien en estos textos, es con Diana Sarlabous. Ella siempre va a mi lado, en el asiento del pasajero, conduciéndome por la ruta. No recuerdo la fecha en que escribí este poema, debió ser al final de uno de nuestros viajes a Key West. Me canso tanto en ese trayecto —por la distancia y por lo que disfrutamos—, que siempre acabo haciendo algo para poder dormirme. Ese, con toda seguridad, es su origen.

21 jun. 2017

Alfredo Zaldívar prueba que estoy vivo


Al fin puedo compartir una noticia que recibí, con euforia, hace semanas. Las Ediciones Matanzas tienen en imprenta Prueba de vida, una antología de los libros que he publicado fuera de Cuba y de poemas aún inéditos.
La selección y el prólogo están a cargo de Alfredo Zaldívar, quien también fue el editor de mi primer libro (Las canciones se olvidan, Ediciones Vigía, 1991) y es una de las personas que más he llegado a querer en mi vida.
La última vez que se publicaron poemas míos en Cuba fue en 2004, gracias a Cintio Vitier, quien incluyó una selección de mi libro Itinerario (2003) en su revista La isla infinita. Volver a mi país, primero de la mano de Cintio y luego junto a Zaldívar, es una felicidad demasiado grande. 
La portada, —con un fotograma de Buster Keaton— es obra de Johann Trujillo, quien también forrajeó los tipos de letra y diseñó el interior. Recuerdo claramente el día de 1990 en que Zaldívar me fue a buscar a la estación de Matanzas y me llevó a la Casa del Escritor para que leyera en voz alta.
Ahora esperó por mis poemas y los llevó a la imprenta. Ya perdí al Paradero de Camarones; pero entre el San Juan y el Yumurí aún tengo un apeadero y no dudé en bajarme.

La mayor distancia entre dos lugares*

El río creció con las lluvias de la noche
y no autorizaron la salida de los botes.
Lo vimos de lejos,
como si fuera una diapositiva
en el telón de fondo de El zoo de cristal.
Luego, caminando entre las ruinas
de la ciudad vacía,
buscamos el edificio de los Wingfield.
Traté de encontrar
la escalera de incendios
donde Tom se reserva algunos trucos
y se guarda algún as en la manga.
Nos cruzamos con una multitud
que iba camino del Busch Stadium.
Todos llevan camisas rojas
y perros disfrazados.
Jugaban los Cardenales
contra los Gigantes de San Francisco.
En un semáforo, un negro
con las manos llenas de rosas azules
nos ofreció tickets para el partido.
El frío había llegado antes
de que se encendieran las luces
y la tarde se mantuvo alerta
hasta que el umpire
dio la voz de “¡a jugar!”.
Respirábamos el mismo aire
que los personajes
de Tennessee Williams,
por fin sabíamos
a que olía su desesperación.
El juego aún no había terminado
cuando volvió la lluvia.
¿Recuerdas la escena
en que Tom asegura que el tiempo
es la mayor distancia
entre dos lugares?
Lo comprobamos aquella noche,
mientras corríamos de regreso
a la habitación donde nos esperaban
nuestras pertenencias,
es decir,
lo que nos diferenciaba de aquella gente
que  subía borracha
a bailar en el techo del hotel.
Al final vimos algo en la televisión
para dormirnos.
Nos servimos un último bourbon,
quitamos el volumen
 y abrimos las cortinas.
El mundo estaba iluminado
por los relámpagos
cuando St. Louis
se apagó como una vela.

*Hace poco, Diana Sarlabous y yo nos pasamos tres noches en Saint Louis. Estoy revisando todo lo que escribí en esos días y me parece demasiado, sobre todo porque nos pasamos casi todo el tiempo fuera del hotel. Me imagino que este poema se me ocurrió cuando caí en cuenta que tenía delante el escenario de El zoo de cristal, una de mis obras de teatro preferidas.

6 jun. 2017

Defilló por Boán

Desde finales de los años 80 del siglo pasado, envidio a los que han tenido la oportunidad de participar en procesos creativos con Marianela Boán. Aunque ella me comenta regularmente lo que está haciendo e incluso me escucha cuando le digo mi opinión, tuve que esperar hasta 2017 para hacerle un aporte real.
Siendo del todo honesto, debo compartir ese mérito con Diana Sarlabous. Porque fue entre los dos que le presentamos a Jarabacoa. Y allá arriba, en ese valle que tanto inspiró a Fernando Peña Defilló, la coreógrafa encontró por fin los resortes que necesitaba para traducir a gestos la obra de su pintor dominicano preferido.
Poderle enseñar a Marianela los manteles que tienden los cibaeños al sol, el sombrero de neblina del Mogote y la confluencia del Jimenoa con el desbocado Yaque del Norte, es para mí más que suficiente. Ese solo hecho me deja a mano con queridos amigos que bailaron, actuaron, pensaron o escribieron obras con ella.
La crítico de arte Marianne de Tolentino aseguró alguna vez que “por la originalidad y la firmeza de su estilo, la precisión y el vigor de su inspiración, la seguridad y el refinamiento de su oficio, Fernando Peña Defilló es un artista que, de manera incomparable, ha gestado un mundo de sensaciones visuales, personales y sociales”.
Esa misma frase, palabra por palabra, pudiera repetirse a propósito de Marianela Boán. De ahí la trascendencia de Defilló, la más reciente obra de la coreógrafa de origen cubano. Sobre el escenario, con el mismo ímpetu que lo hacen el Yaque y el Jimenoa, confluyen dos poéticas que siguen un mismo curso a través de las claves del ser caribeño.
Además de todos los valores de la obra, en ella también se puede apreciar el que es quizás el mayor aporte de Marianela Boán a República Dominicana. La Compañía Nacional de Danza Contemporánea ha alcanzado ya una destreza técnica y una madurez tal que sus bailarines ya están a la misma altura de los mejores del mundo y son capaces de hacer sus propias coreografías.
Intuyo a Defilló como un punto de giro en la obra de Marianela Boán, como el comienzo de una nueva etapa a la que, conociéndola como la conozco, exprimirá hasta sacarle todo el jugo. Quizás esa es la razón por la que, en una escena de su magistral homenaje a Fernando Peña, hace que partan naranjas sobre una mesa.

5 jun. 2017

Iván Cañas y José Lezama Lima, como dos extraños

Estoy escribiendo un texto sobre las dos veces que Iván Cañas y José Lezama Lima se encontraron.  Lo tengo casi listo, pero no me atrevo a ponerle el punto final. Sé que le falta algo importante, que hay un detalle esencial que aún se me escapa.
Fue en La Habana de 1969. Cuba entera permanecía movilizada en los cañaverales, tratando de producir 10 millones de toneladas de azúcar. Como fotorreportero de una revista, Iván fue enviado a Caibarién —un pueblo de la antigua provincia de Las Villas— a retratar la gesta masiva.
Pero el joven artista acabó captando expresiones individuales, rostros aislados, cubanos que no tenían otra cosa que ofrecer que no fueran sus vidas cotidianas. Aquel material, gracias a la asesoría del maestro Raúl Martínez, acabó convirtiéndose en uno de los ensayos fotográficos más valiosos de la Cuba de la segunda mitad del siglo XX.
Pero Raúl y mucho menos Iván estaban seguros de ello. Necesitaban una tercera opinión y fueron a la calle Trocadero 162, donde vivía el autor de Enemigo rumor, a enseñarle la maqueta del libro donde se publicarían las imágenes (que hoy —dicho sea de paso— forma parte de la Colección del Museo Reina Sofía).
Entonces, el joven fotógrafo tenía 23 años y el escritor unos 59 que pesaban más que 70. Habían compartido el mismo espacio por 30 años, pero solo coincidieron dos veces; aquella y otra más, en un jardín del Vedado. Gracias a esos encuentros hoy sabemos cómo era el Lezama que se encerró (que encerraron).
En una de las fotos, Lezama suelta una carcajada. A juzgar por lo que le escribe a su hermana Eloísa en las cartas de esos meses, fue un escaso momento de alegría: “todos hemos sido víctimas de la estupidez, de la miseria y la confusión de nuestra época”, dice unos párrafos antes de comentar los avances en Paradiso.
Por eso las fotos de Iván, además de enseñarnos al corpulento hombre que la censura y la ignorancia trataron de encubrir, nos revelan lo que resultaba invisible en ese momento. Y ese es, creo, el gran valor de la obra de Iván Cañas, que siempre miró hacia donde nadie más miraba.
Ahora le voy a llamar por teléfono, quiero que me cuente, con sus propias palabras y con lujo de detalles aquellos dos encuentros. Pero antes quise escribir este post. Aquí empieza el final del texto que escribo. Iván y Lezama, como dos extraños, están a punto de reencontrarse.

1 jun. 2017

Cubiletes

Miguelito Cuní retratado por Mario García Joya en 1970.
Mi tío Aramís
tiene un vaso de cuero
con cinco dados.
Los sábados
en la mañana
bebe ron,
oye a Miguelito Cuní
y juega cubiletes.

Cada vez que traga alcohol
clava el vaso bocabajo,
para que nadie vea
la suerte que dejaron
al caer
negros y gallegos,
jevas y cundangos,
carabinas y ases.

—¡Tú no juegues conmigo
que yo como candela! —Grita,
mientras usa la mesa
como un tambor.
Luego abre los brazos
y baila sin moverse del lugar.

Cuando el ron
y la música se agotan,
Aramís abandona el juego.
Jamás averigua
si tuvo suerte
o salió derrotado.
Apenas cierra los ojos
y deja que Cuba
desaparezca de sus recuerdos.

31 may. 2017

Los viajes en mi provincia explicados por un autobús*

Vengo de una provincia donde nuestros abuelos viajaban con más comodidades que nuestros padres, nuestros padres viajaban con más comodidades que nosotros.
Nosotros viajamos con más comodidades que nuestros hijos, nuestros hijos viajan con más comodidades que nuestros nietos, nuestros nietos viajarán con más comodidades que nuestros biznietos…
Si la historia no cambia, nuestros tataranietos ya no podrán moverse.


*La Ranchuelera fue una línea de autobuses que conectó a la antigua provincia de Las Villas con La Habana en la Cuba de los años cincuenta del siglo pasado.

25 may. 2017

Sunday Post-Dispatch

Fue la noche que corrimos
bajo la lluvia de Missouri.
Sobre los andenes vacíos
flotaba ese viejo olor
que la noche
deja en las ciudades
antes de abandonarlas.
Yo apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.
Solo las luces del stadium
permanecían encendidas
cuando alcanzamos
el portal del hotel.
Aquella lejana claridad
nos bastó
para volver a decir
las cosas que repetimos,
todos los días,
más o menos a la misma hora.
Luego,
caminando
entre las penumbras
y los edificios abandonados,
intercambiamos saludos
con estatuas,
tranvías
y barcazas.
Todavía no eran las diez
y Saint Louis ya dormía
como un pequeño pueblo.
Ahora no recuerdo
si nos quedamos allí
o nos fuimos
en aquel largo tren
cargado de maíz,
neblina y polvo.
Solo tengo claro
que apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.

24 may. 2017

Regresar a casa

Ayer en la tarde, en una sala de espera del aeropuerto de Miami, avisaron a los pasajeros con destino a La Habana que su puerta de embarque había cambiado. Pocos minutos después, hicieron el último llamado para Santa Clara. No había pasado ni media hora cuando anunciaron un vuelo a Cienfuegos.
Diana seguía en la televisión las declaraciones de John Brennan, exdirector de la CIA, sobre una posible connivencia entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Donald Trump. Yo, todavía despidiéndome de Saint Louis, oía a John Lee Hooker.
Para tratar de ponerme al día, abrí algunas de las páginas que visito regularmente y, en Diario de Cuba, di con el poema “Mi patria” de Abilio Estévez. Como el texto tenía otra música, puse al blues en pausa. Cuando llegué a la última palabra, volví al principio:
“Y aquí estoy finalmente y como debe ser, en mi patria. La encontré en cualquier camino. Solo se precisa andar, navegar mucho para encontrar la patria. Esta misma casa de Long Hill Road, por ejemplo, junto al Passaic River. La tierra que no conquisté, por la que no luché…”.
Todavía tenía a las palabras de Abilio dándome vueltas en la cabeza cuando llamaron al próximo vuelo: “Pasajeros con destino a Santo Domingo, por favor, dirigirse a la puerta D 43”. Entonces advertí cuán lejanas me resultaban ya La Habana, Santa Clara y Cienfuegos.
Solo cuando oí el nombre de la ciudad donde sueño y me despierto supe que había llegado el momento de regresar a casa.

4 may. 2017

La foto al pie de los sucesos

Explicamos esta imagen según el relato de los que defienden a la dictadura de Venezuela: el pueblo oprimido (representado por unos vehículos de guerra blancos) se defiende de una minoría de escuálidos que pretende derrotarlo (representada por una marea humana).

2 may. 2017

Todas las banderas son mudas

No lo enfrentaron, le pusieron una zancadilla. No le permitieron ser diferente a los miles que contemplaron impasibles cómo lo golpeaban y maniataban. Por Wichy García Fuentes, supe que se llama Llorente, que es taxista y un entusiasta de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Los pequeños segundos que dura el video producen una gran rabia. A lo lejos se ve la masa dócil y entumecida. Llorente aparece en cámara a toda carrera, con una bandera norteamericana en alto. Un policía de civil estira una pierna y lo derriba. Una vez en el suelo, le caen a golpes y patadas.
Alguien en Facebook se preguntó qué hacía ese hombre allí con la bandera de un imperio.  Me sentí tentado a comentarle si se había hecho esa pregunta durante todos los 1 de Mayo que, en esa misma plaza, miles de cubanos desfilaron banderas soviéticas.  
Todavía conservo con orgullo el brazalete del Frente Norte de Las Villas de mi padre. Lo llevó atado en su brazo durante los meses finales de 1958. En una vieja película se le ve junto a Camilo Cienfuegos, mientras izan la bandera cubana sobre el Ayuntamiento de Yaguajay.
El diseño del brazalete de mi padre es idéntico al de la bandera con la que Kcho se retrató frente a la Casa Blanca. Sin embargo, en manos de este esperpéntico personaje, luce irreconocible. Serafín Venegas recordaba con aquel pedacito de tela uno de los momentos más auténticos de su vida; Kcho, la afrenta del oportunismo.
Todas las banderas son mudas y solo dicen lo que le conviene al que las enarbola. Su significado no depende de sus colores o su historial sino de la circunstancia en la que son izadas. Por eso a Llorente le pusieron una zancadilla y lo molieron a golpes, mientras que Kcho solo provocó burlas indulgentes, asco.

28 abr. 2017

Almadraba*

La noche aquí es un arte de pesca,
un laberinto de redes
que nos impide aparecer
en los nuevos retratos de familia.
Hosca, impenetrable,
nos corta la respiración
y espera a que nuestras voces
se conviertan en un silbido
que apenas se escucha.

Como el atún rojo
cuando se dirige
a las fauces del Mediterráneo,
nuestro destino es presa
de esta oscuridad
que se asegura de dejarnos
con cada vez menos recuerdos
y  la angustia de ser felices,
tremendamente felices en otra parte.


*Oí por primera vez esa palabra en boca de mi padre, que fue un gran pescador y sabía muchísimo de artes de pesca. Ya no recuerdo por qué, una noche de 2011 ó 2012 se me pareció a una almadraba.

18 abr. 2017

Tres grandes ríos

En mi infancia hubo tres grandes ríos: el Arimao (gracias a mi padre), el Almendares (gracias a los Venegas) y el Mississipi (gracias a Tom Sawyer y Huckleberry Finn). A finales del mes que viene, Diana y yo dormiremos tres noches en San Luis. 
Además de conocer en persona al caudal que inspiró a Twain y a los fundadores del blues, podré ver jugar a Aledmys Diaz, quien nació —como yo— muy cerca del Arimao. Si le contara eso al niño que fui, no dormiría de la emoción.

8 abr. 2017

11 y 6

Acaba de cumplir 11 años y hace 6 años que somos parte de la misma familia. Ayer le conté que yo tenía su misma edad cuando mi padre me hizo una maleta de madera y —después de navegar por encima de las montañas del Escambray, en un barco que seguía el antiguo cauce de un río— llegué al Nicho.
Le conté que nos levantaban a las 6 de la mañana, que solo desayunábamos agua con azúcar caliente y, a veces, un pedacito de pan. Luego nos formaban en una plazoleta y salíamos en fila india para los cafetales, donde chapeábamos, sembrábamos, escardábamos, aporcábamos y recogíamos café.
Al mediodía, nos bañábamos en una ducha de agua helada, almorzábamos harina de maíz con frijoles y volvíamos a formar en la plazoleta para salir en fila india hacia las aulas. Siempre que le cuento algo a María ella me presta mucha atención y, por lo regular, me hace preguntas.
—Suena divertido —fue su única respuesta esta vez.
Aunque yo había hecho la comparación con el ánimo de contrastar nuestras experiencias de vida a la misma edad, ella solo escuchó la geografía dónde sucedían las cosas. Me volvió a preguntar por el barco. Cuando le conté todo sobre el lago Hanabanilla, se lamentó de que los alrededores de la Loma de Thoreau no fueran navegables.
Al final advertí que el culpable de que no funcionara la dramatización de mi infancia era yo mismo. Desde pequeñita la estamos llevando al monte. Juntos hemos sembrado, escardado, aporcado y cosechado. Logramos, incluso, que le perdiera el miedo a la noche oscura en medio del campo.
—Feliz cumpleaños, mi niña —le dije, mientras en algún lugar de mi cabeza sonaba la música de la inolvidable canción de Fito.

7 abr. 2017

Cara C*

Estábamos sentados sobre la tarde
del antiguo Coney Island,
a un costado de la estación
que acabó extraviando
el tren de Marianao.
Te dio por hablar del silencio
y de la tristeza que da
en un parque de diversiones.
Yo me mantuve callado.
Hice todo lo que pude
para que llegara hasta ti
el sonido de un tambor
que alguien afinaba
en algún lugar de la playa.
Entonces empezó a llover
sobre la cara C
de aquel disco de Hendrix
que tanto nos gustaba.
La lluvia acabó sonando
igual que la guitarra.
Volvimos desnudos
al país que nos esperaba
del otro lado
de la 5ta. Avenida.

Hablar en nombre
del tiempo
es una responsabilidad
muy grande,
pero estoy seguro
de que aquella misma tarde
se fueron de Cuba los años 80.

*Una mañana cualquiera, a principios de la década del 90, volví en bicicleta a Cubanacán. Ya no recuerdo la razón, pero debió ser para ver a mi hermano Eduardo Lozano, quien entonces estudiaba en el Instituto Superior de Arte. Al pie de la escalera que subía a mi antiguo albergue, hice este poemita que permaneció abandonado hasta hoy.

La gran temporada

Diana Sarlabous y yo lo compartimos todo, incluso las tarjetas de crédito. Por eso advirtió un cargo desconocido. 
—¿Cucho, qué fue eso? —me preguntó. 
—La temporada completa —le respondí. 
Como seguía sin entender, iba a tratar de explicarme mejor en el momento en que Yasiel Puig conectó un largo batazo que se voló la cerca del left field del Dodger Stadium. Era el segundo de la noche. Caballo Salvaje, además, negoció dos boletos, anotó dos carreras, remolcó cuatro más y se robó una base. 
—Ahí lo tienes, Cucha, ese es el cargo. 
Entonces Yasiel la miró, hizo una señal hacia el cielo y pisó el home.

4 abr. 2017

Regalo de aniversario

Las canciones de Andrés Calamaro nos han acompañado desde la primera noche. Nos conocimos mientras yo leía un texto donde El Salmón canta “Estadio Azteca”. Luego le dimos la vuelta a Cuba en un carro alquilado en el que sonaban Alta suciedad, Honestidad brutal, El regreso y —sobre todo— La lengua popular.
Cada viaje de ida o vuelta a la Loma de Thoreau ha tenido a Bohemio, Jamón del medio, Pura sangre y Volumen 11 como banda sonora. Muchas veces, cuando torcemos por el Camino de La Lomita —que es la parte final del trayecto— pongo “La libertad”:

Creo que todos buscamos lo mismo,
no sabemos muy bien qué es ni dónde está,
oímos hablar de la hermana más hermosa
que se busca y no se puede encontrar.
La conocen los que la perdieron,
los que la vieron de cerca irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar,
la conocen los presos…
La libertad.

El próximo 12 de mayo, Diana Sarlabous y yo cumpliremos 5 años de esa felicidad compartida que ha sido encontrarnos, amarnos y casarnos. En honor a todo lo que han hecho por nosotros sus canciones, nuestro regalo de aniversario será un concierto de Calamaro.
Mi único deseo es poder envejecer junto a ella y, hasta el día en que me lleve a la cañada dentro de una lata de café Bustelo, “siempre seguir la misma dirección, la difícil, la que hace el salmón”.