23 jun. 2017

La tatagua

Esta enorme tatagua vivió con nosotros tres días. Quien advirtió su presencia fue Dino. Empezó a ladrarle a una de las esquinas del comedor y no descansó hasta que yo levanté la vista y la vi. Parece que aprovechó la madrugada para marcharse.
Nunca le dije que el campamento de pioneros al que me llevaban en mi infancia tenía su nombre. Estaba en la costa, junto a una caleta. El aire allí siempre olía a verano, como Santo Domingo ahora.
Una vez mi padre me acompañó. Recuerdo que consiguió un bote y remamos hasta la desembocadura de un río. A lo lejos, en las bocinas del campamento, se oía una machacona canción sobre un niño vietnamita.
Donde quiera que esté, le doy las gracias por todos los recuerdos que me dejó ahí, en lo alto, en una esquina del comedor.

22 jun. 2017

Matecumbe*

El aire gris y la sal transparente.
Los sonidos del Golfo 
y la luz 
que, 
a nuestras espaldas,
marcaba 
el camino de regreso.
¿Cuánto nos falta para llegar?,
preguntaste con los pies
contra el vidrio de la tarde.
¿Acaso nos fuimos alguna vez?,
te respondí,
mientras me cubría
de los rayos de un blues.

Cuando llegamos al final
de Matecumbe,
ya sobre el canal,
miraste el reloj,
me tomaste
de la mano
y dijiste que aún
estábamos a tiempo.
La luz, cada vez más lejana,
parecía darte la razón.
Ya en Isla Morada,
el aire gris y la sal transparente
habían desaparecido
por completo.
Nos quedamos a solas
con los sonidos del Golfo
y la escasa claridad de una guitarra
que estaba a punto de apagarse.

*Cada vez que hablo con alguien en estos textos, es con Diana Sarlabous. Ella siempre va a mi lado, en el asiento del pasajero, conduciéndome por la ruta. No recuerdo la fecha en que escribí este poema, debió ser al final de uno de nuestros viajes a Key West. Me canso tanto en ese trayecto —por la distancia y por lo que disfrutamos—, que siempre acabo haciendo algo para poder dormirme. Ese, con toda seguridad, es su origen.

21 jun. 2017

Alfredo Zaldívar prueba que estoy vivo


Al fin puedo compartir una noticia que recibí, con euforia, hace semanas. Las Ediciones Matanzas tienen en imprenta Prueba de vida, una antología de los libros que he publicado fuera de Cuba y de poemas aún inéditos.
La selección y el prólogo están a cargo de Alfredo Zaldívar, quien también fue el editor de mi primer libro (Las canciones se olvidan, Ediciones Vigía, 1991) y es una de las personas que más he llegado a querer en mi vida.
La última vez que se publicaron poemas míos en Cuba fue en 2004, gracias a Cintio Vitier, quien incluyó una selección de mi libro Itinerario (2003) en su revista La isla infinita. Volver a mi país, primero de la mano de Cintio y luego junto a Zaldívar, es una felicidad demasiado grande. 
La portada, —con un fotograma de Buster Keaton— es obra de Johann Trujillo, quien también forrajeó los tipos de letra y diseñó el interior. Recuerdo claramente el día de 1990 en que Zaldívar me fue a buscar a la estación de Matanzas y me llevó a la Casa del Escritor para que leyera en voz alta.
Ahora esperó por mis poemas y los llevó a la imprenta. Ya perdí al Paradero de Camarones; pero entre el San Juan y el Yumurí aún tengo un apeadero y no dudé en bajarme.

La mayor distancia entre dos lugares*

El río creció con las lluvias de la noche
y no autorizaron la salida de los botes.
Lo vimos de lejos,
como si fuera una diapositiva
en el telón de fondo de El zoo de cristal.
Luego, caminando entre las ruinas
de la ciudad vacía,
buscamos el edificio de los Wingfield.
Traté de encontrar
la escalera de incendios
donde Tom se reserva algunos trucos
y se guarda algún as en la manga.
Nos cruzamos con una multitud
que iba camino del Busch Stadium.
Todos llevan camisas rojas
y perros disfrazados.
Jugaban los Cardenales
contra los Gigantes de San Francisco.
En un semáforo, un negro
con las manos llenas de rosas azules
nos ofreció tickets para el partido.
El frío había llegado antes
de que se encendieran las luces
y la tarde se mantuvo alerta
hasta que el umpire
dio la voz de “¡a jugar!”.
Respirábamos el mismo aire
que los personajes
de Tennessee Williams,
por fin sabíamos
a que olía su desesperación.
El juego aún no había terminado
cuando volvió la lluvia.
¿Recuerdas la escena
en que Tom asegura que el tiempo
es la mayor distancia
entre dos lugares?
Lo comprobamos aquella noche,
mientras corríamos de regreso
a la habitación donde nos esperaban
nuestras pertenencias,
es decir,
lo que nos diferenciaba de aquella gente
que  subía borracha
a bailar en el techo del hotel.
Al final vimos algo en la televisión
para dormirnos.
Nos servimos un último bourbon,
quitamos el volumen
 y abrimos las cortinas.
El mundo estaba iluminado
por los relámpagos
cuando St. Louis
se apagó como una vela.

*Hace poco, Diana Sarlabous y yo nos pasamos tres noches en Saint Louis. Estoy revisando todo lo que escribí en esos días y me parece demasiado, sobre todo porque nos pasamos casi todo el tiempo fuera del hotel. Me imagino que este poema se me ocurrió cuando caí en cuenta que tenía delante el escenario de El zoo de cristal, una de mis obras de teatro preferidas.

6 jun. 2017

Defilló por Boán

Desde finales de los años 80 del siglo pasado, envidio a los que han tenido la oportunidad de participar en procesos creativos con Marianela Boán. Aunque ella me comenta regularmente lo que está haciendo e incluso me escucha cuando le digo mi opinión, tuve que esperar hasta 2017 para hacerle un aporte real.
Siendo del todo honesto, debo compartir ese mérito con Diana Sarlabous. Porque fue entre los dos que le presentamos a Jarabacoa. Y allá arriba, en ese valle que tanto inspiró a Fernando Peña Defilló, la coreógrafa encontró por fin los resortes que necesitaba para traducir a gestos la obra de su pintor dominicano preferido.
Poderle enseñar a Marianela los manteles que tienden los cibaeños al sol, el sombrero de neblina del Mogote y la confluencia del Jimenoa con el desbocado Yaque del Norte, es para mí más que suficiente. Ese solo hecho me deja a mano con queridos amigos que bailaron, actuaron, pensaron o escribieron obras con ella.
La crítico de arte Marianne de Tolentino aseguró alguna vez que “por la originalidad y la firmeza de su estilo, la precisión y el vigor de su inspiración, la seguridad y el refinamiento de su oficio, Fernando Peña Defilló es un artista que, de manera incomparable, ha gestado un mundo de sensaciones visuales, personales y sociales”.
Esa misma frase, palabra por palabra, pudiera repetirse a propósito de Marianela Boán. De ahí la trascendencia de Defilló, la más reciente obra de la coreógrafa de origen cubano. Sobre el escenario, con el mismo ímpetu que lo hacen el Yaque y el Jimenoa, confluyen dos poéticas que siguen un mismo curso a través de las claves del ser caribeño.
Además de todos los valores de la obra, en ella también se puede apreciar el que es quizás el mayor aporte de Marianela Boán a República Dominicana. La Compañía Nacional de Danza Contemporánea ha alcanzado ya una destreza técnica y una madurez tal que sus bailarines ya están a la misma altura de los mejores del mundo y son capaces de hacer sus propias coreografías.
Intuyo a Defilló como un punto de giro en la obra de Marianela Boán, como el comienzo de una nueva etapa a la que, conociéndola como la conozco, exprimirá hasta sacarle todo el jugo. Quizás esa es la razón por la que, en una escena de su magistral homenaje a Fernando Peña, hace que partan naranjas sobre una mesa.

5 jun. 2017

Iván Cañas y José Lezama Lima, como dos extraños

Estoy escribiendo un texto sobre las dos veces que Iván Cañas y José Lezama Lima se encontraron.  Lo tengo casi listo, pero no me atrevo a ponerle el punto final. Sé que le falta algo importante, que hay un detalle esencial que aún se me escapa.
Fue en La Habana de 1969. Cuba entera permanecía movilizada en los cañaverales, tratando de producir 10 millones de toneladas de azúcar. Como fotorreportero de una revista, Iván fue enviado a Caibarién —un pueblo de la antigua provincia de Las Villas— a retratar la gesta masiva.
Pero el joven artista acabó captando expresiones individuales, rostros aislados, cubanos que no tenían otra cosa que ofrecer que no fueran sus vidas cotidianas. Aquel material, gracias a la asesoría del maestro Raúl Martínez, acabó convirtiéndose en uno de los ensayos fotográficos más valiosos de la Cuba de la segunda mitad del siglo XX.
Pero Raúl y mucho menos Iván estaban seguros de ello. Necesitaban una tercera opinión y fueron a la calle Trocadero 162, donde vivía el autor de Enemigo rumor, a enseñarle la maqueta del libro donde se publicarían las imágenes (que hoy —dicho sea de paso— forma parte de la Colección del Museo Reina Sofía).
Entonces, el joven fotógrafo tenía 23 años y el escritor unos 59 que pesaban más que 70. Habían compartido el mismo espacio por 30 años, pero solo coincidieron dos veces; aquella y otra más, en un jardín del Vedado. Gracias a esos encuentros hoy sabemos cómo era el Lezama que se encerró (que encerraron).
En una de las fotos, Lezama suelta una carcajada. A juzgar por lo que le escribe a su hermana Eloísa en las cartas de esos meses, fue un escaso momento de alegría: “todos hemos sido víctimas de la estupidez, de la miseria y la confusión de nuestra época”, dice unos párrafos antes de comentar los avances en Paradiso.
Por eso las fotos de Iván, además de enseñarnos al corpulento hombre que la censura y la ignorancia trataron de encubrir, nos revelan lo que resultaba invisible en ese momento. Y ese es, creo, el gran valor de la obra de Iván Cañas, que siempre miró hacia donde nadie más miraba.
Ahora le voy a llamar por teléfono, quiero que me cuente, con sus propias palabras y con lujo de detalles aquellos dos encuentros. Pero antes quise escribir este post. Aquí empieza el final del texto que escribo. Iván y Lezama, como dos extraños, están a punto de reencontrarse.

1 jun. 2017

Cubiletes

Miguelito Cuní retratado por Mario García Joya en 1970.
Mi tío Aramís
tiene un vaso de cuero
con cinco dados.
Los sábados
en la mañana
bebe ron,
oye a Miguelito Cuní
y juega cubiletes.

Cada vez que traga alcohol
clava el vaso bocabajo,
para que nadie vea
la suerte que dejaron
al caer
negros y gallegos,
jevas y cundangos,
carabinas y ases.

—¡Tú no juegues conmigo
que yo como candela! —Grita,
mientras usa la mesa
como un tambor.
Luego abre los brazos
y baila sin moverse del lugar.

Cuando el ron
y la música se agotan,
Aramís abandona el juego.
Jamás averigua
si tuvo suerte
o salió derrotado.
Apenas cierra los ojos
y deja que Cuba
desaparezca de sus recuerdos.

31 may. 2017

Los viajes en mi provincia explicados por un autobús*

Vengo de una provincia donde nuestros abuelos viajaban con más comodidades que nuestros padres, nuestros padres viajaban con más comodidades que nosotros.
Nosotros viajamos con más comodidades que nuestros hijos, nuestros hijos viajan con más comodidades que nuestros nietos, nuestros nietos viajarán con más comodidades que nuestros biznietos…
Si la historia no cambia, nuestros tataranietos ya no podrán moverse.


*La Ranchuelera fue una línea de autobuses que conectó a la antigua provincia de Las Villas con La Habana en la Cuba de los años cincuenta del siglo pasado.

25 may. 2017

Sunday Post-Dispatch

Fue la noche que corrimos
bajo la lluvia de Missouri.
Sobre los andenes vacíos
flotaba ese viejo olor
que la noche
deja en las ciudades
antes de abandonarlas.
Yo apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.
Solo las luces del stadium
permanecían encendidas
cuando alcanzamos
el portal del hotel.
Aquella lejana claridad
nos bastó
para volver a decir
las cosas que repetimos,
todos los días,
más o menos a la misma hora.
Luego,
caminando
entre las penumbras
y los edificios abandonados,
intercambiamos saludos
con estatuas,
tranvías
y barcazas.
Todavía no eran las diez
y Saint Louis ya dormía
como un pequeño pueblo.
Ahora no recuerdo
si nos quedamos allí
o nos fuimos
en aquel largo tren
cargado de maíz,
neblina y polvo.
Solo tengo claro
que apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.

24 may. 2017

Regresar a casa

Ayer en la tarde, en una sala de espera del aeropuerto de Miami, avisaron a los pasajeros con destino a La Habana que su puerta de embarque había cambiado. Pocos minutos después, hicieron el último llamado para Santa Clara. No había pasado ni media hora cuando anunciaron un vuelo a Cienfuegos.
Diana seguía en la televisión las declaraciones de John Brennan, exdirector de la CIA, sobre una posible connivencia entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Donald Trump. Yo, todavía despidiéndome de Saint Louis, oía a John Lee Hooker.
Para tratar de ponerme al día, abrí algunas de las páginas que visito regularmente y, en Diario de Cuba, di con el poema “Mi patria” de Abilio Estévez. Como el texto tenía otra música, puse al blues en pausa. Cuando llegué a la última palabra, volví al principio:
“Y aquí estoy finalmente y como debe ser, en mi patria. La encontré en cualquier camino. Solo se precisa andar, navegar mucho para encontrar la patria. Esta misma casa de Long Hill Road, por ejemplo, junto al Passaic River. La tierra que no conquisté, por la que no luché…”.
Todavía tenía a las palabras de Abilio dándome vueltas en la cabeza cuando llamaron al próximo vuelo: “Pasajeros con destino a Santo Domingo, por favor, dirigirse a la puerta D 43”. Entonces advertí cuán lejanas me resultaban ya La Habana, Santa Clara y Cienfuegos.
Solo cuando oí el nombre de la ciudad donde sueño y me despierto supe que había llegado el momento de regresar a casa.

4 may. 2017

La foto al pie de los sucesos

Explicamos esta imagen según el relato de los que defienden a la dictadura de Venezuela: el pueblo oprimido (representado por unos vehículos de guerra blancos) se defiende de una minoría de escuálidos que pretende derrotarlo (representada por una marea humana).

2 may. 2017

Todas las banderas son mudas

No lo enfrentaron, le pusieron una zancadilla. No le permitieron ser diferente a los miles que contemplaron impasibles cómo lo golpeaban y maniataban. Por Wichy García Fuentes, supe que se llama Llorente, que es taxista y un entusiasta de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Los pequeños segundos que dura el video producen una gran rabia. A lo lejos se ve la masa dócil y entumecida. Llorente aparece en cámara a toda carrera, con una bandera norteamericana en alto. Un policía de civil estira una pierna y lo derriba. Una vez en el suelo, le caen a golpes y patadas.
Alguien en Facebook se preguntó qué hacía ese hombre allí con la bandera de un imperio.  Me sentí tentado a comentarle si se había hecho esa pregunta durante todos los 1 de Mayo que, en esa misma plaza, miles de cubanos desfilaron banderas soviéticas.  
Todavía conservo con orgullo el brazalete del Frente Norte de Las Villas de mi padre. Lo llevó atado en su brazo durante los meses finales de 1958. En una vieja película se le ve junto a Camilo Cienfuegos, mientras izan la bandera cubana sobre el Ayuntamiento de Yaguajay.
El diseño del brazalete de mi padre es idéntico al de la bandera con la que Kcho se retrató frente a la Casa Blanca. Sin embargo, en manos de este esperpéntico personaje, luce irreconocible. Serafín Venegas recordaba con aquel pedacito de tela uno de los momentos más auténticos de su vida; Kcho, la afrenta del oportunismo.
Todas las banderas son mudas y solo dicen lo que le conviene al que las enarbola. Su significado no depende de sus colores o su historial sino de la circunstancia en la que son izadas. Por eso a Llorente le pusieron una zancadilla y lo molieron a golpes, mientras que Kcho solo provocó burlas indulgentes, asco.

28 abr. 2017

Almadraba*

La noche aquí es un arte de pesca,
un laberinto de redes
que nos impide aparecer
en los nuevos retratos de familia.
Hosca, impenetrable,
nos corta la respiración
y espera a que nuestras voces
se conviertan en un silbido
que apenas se escucha.

Como el atún rojo
cuando se dirige
a las fauces del Mediterráneo,
nuestro destino es presa
de esta oscuridad
que se asegura de dejarnos
con cada vez menos recuerdos
y  la angustia de ser felices,
tremendamente felices en otra parte.


*Oí por primera vez esa palabra en boca de mi padre, que fue un gran pescador y sabía muchísimo de artes de pesca. Ya no recuerdo por qué, una noche de 2011 ó 2012 se me pareció a una almadraba.

18 abr. 2017

Tres grandes ríos

En mi infancia hubo tres grandes ríos: el Arimao (gracias a mi padre), el Almendares (gracias a los Venegas) y el Mississipi (gracias a Tom Sawyer y Huckleberry Finn). A finales del mes que viene, Diana y yo dormiremos tres noches en San Luis. 
Además de conocer en persona al caudal que inspiró a Twain y a los fundadores del blues, podré ver jugar a Aledmys Diaz, quien nació —como yo— muy cerca del Arimao. Si le contara eso al niño que fui, no dormiría de la emoción.

8 abr. 2017

11 y 6

Acaba de cumplir 11 años y hace 6 años que somos parte de la misma familia. Ayer le conté que yo tenía su misma edad cuando mi padre me hizo una maleta de madera y —después de navegar por encima de las montañas del Escambray, en un barco que seguía el antiguo cauce de un río— llegué al Nicho.
Le conté que nos levantaban a las 6 de la mañana, que solo desayunábamos agua con azúcar caliente y, a veces, un pedacito de pan. Luego nos formaban en una plazoleta y salíamos en fila india para los cafetales, donde chapeábamos, sembrábamos, escardábamos, aporcábamos y recogíamos café.
Al mediodía, nos bañábamos en una ducha de agua helada, almorzábamos harina de maíz con frijoles y volvíamos a formar en la plazoleta para salir en fila india hacia las aulas. Siempre que le cuento algo a María ella me presta mucha atención y, por lo regular, me hace preguntas.
—Suena divertido —fue su única respuesta esta vez.
Aunque yo había hecho la comparación con el ánimo de contrastar nuestras experiencias de vida a la misma edad, ella solo escuchó la geografía dónde sucedían las cosas. Me volvió a preguntar por el barco. Cuando le conté todo sobre el lago Hanabanilla, se lamentó de que los alrededores de la Loma de Thoreau no fueran navegables.
Al final advertí que el culpable de que no funcionara la dramatización de mi infancia era yo mismo. Desde pequeñita la estamos llevando al monte. Juntos hemos sembrado, escardado, aporcado y cosechado. Logramos, incluso, que le perdiera el miedo a la noche oscura en medio del campo.
—Feliz cumpleaños, mi niña —le dije, mientras en algún lugar de mi cabeza sonaba la música de la inolvidable canción de Fito.

7 abr. 2017

Cara C*

Estábamos sentados sobre la tarde
del antiguo Coney Island,
a un costado de la estación
que acabó extraviando
el tren de Marianao.
Te dio por hablar del silencio
y de la tristeza que da
en un parque de diversiones.
Yo me mantuve callado.
Hice todo lo que pude
para que llegara hasta ti
el sonido de un tambor
que alguien afinaba
en algún lugar de la playa.
Entonces empezó a llover
sobre la cara C
de aquel disco de Hendrix
que tanto nos gustaba.
La lluvia acabó sonando
igual que la guitarra.
Volvimos desnudos
al país que nos esperaba
del otro lado
de la 5ta. Avenida.

Hablar en nombre
del tiempo
es una responsabilidad
muy grande,
pero estoy seguro
de que aquella misma tarde
se fueron de Cuba los años 80.

*Una mañana cualquiera, a principios de la década del 90, volví en bicicleta a Cubanacán. Ya no recuerdo la razón, pero debió ser para ver a mi hermano Eduardo Lozano, quien entonces estudiaba en el Instituto Superior de Arte. Al pie de la escalera que subía a mi antiguo albergue, hice este poemita que permaneció abandonado hasta hoy.

La gran temporada

Diana Sarlabous y yo lo compartimos todo, incluso las tarjetas de crédito. Por eso advirtió un cargo desconocido. 
—¿Cucho, qué fue eso? —me preguntó. 
—La temporada completa —le respondí. 
Como seguía sin entender, iba a tratar de explicarme mejor en el momento en que Yasiel Puig conectó un largo batazo que se voló la cerca del left field del Dodger Stadium. Era el segundo de la noche. Caballo Salvaje, además, negoció dos boletos, anotó dos carreras, remolcó cuatro más y se robó una base. 
—Ahí lo tienes, Cucha, ese es el cargo. 
Entonces Yasiel la miró, hizo una señal hacia el cielo y pisó el home.

4 abr. 2017

Regalo de aniversario

Las canciones de Andrés Calamaro nos han acompañado desde la primera noche. Nos conocimos mientras yo leía un texto donde El Salmón canta “Estadio Azteca”. Luego le dimos la vuelta a Cuba en un carro alquilado en el que sonaban Alta suciedad, Honestidad brutal, El regreso y —sobre todo— La lengua popular.
Cada viaje de ida o vuelta a la Loma de Thoreau ha tenido a Bohemio, Jamón del medio, Pura sangre y Volumen 11 como banda sonora. Muchas veces, cuando torcemos por el Camino de La Lomita —que es la parte final del trayecto— pongo “La libertad”:

Creo que todos buscamos lo mismo,
no sabemos muy bien qué es ni dónde está,
oímos hablar de la hermana más hermosa
que se busca y no se puede encontrar.
La conocen los que la perdieron,
los que la vieron de cerca irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar,
la conocen los presos…
La libertad.

El próximo 12 de mayo, Diana Sarlabous y yo cumpliremos 5 años de esa felicidad compartida que ha sido encontrarnos, amarnos y casarnos. En honor a todo lo que han hecho por nosotros sus canciones, nuestro regalo de aniversario será un concierto de Calamaro.
Mi único deseo es poder envejecer junto a ella y, hasta el día en que me lleve a la cañada dentro de una lata de café Bustelo, “siempre seguir la misma dirección, la difícil, la que hace el salmón”.

Cine familiar

Diana y yo vemos una película todas las noches con María. Le llamamos “Cine familiar”. Es la manera que hemos encontrado para que ella también viva una experiencia que fue muy importante para nosotros. Muchos de nuestros recuerdos más queridos ocurrieron en aquellos largos días del siglo pasado en los que toda la familia acababa reunida frente a una pantalla.
Gracias a eso, he vuelto a encontrarme con muchas películas que hicieron de mi infancia un lugar único. Nuestra costumbre también me ha hecho recordar aquellas noches en que mis padres o mis abuelos me llevaban al cine y, cuando llegaba el momento de salir a la calle, me ponían un pañuelo en la boca.
Daba lo mismo que estuviéramos en el cine La Yaya de Manicaragua, en el Luisa de Cienfuegos o en el Justo del Paradero de Camarones. Nunca logré escaparme de aquella condición. “¡No te destapes la boca! —Me decía siempre mi abuela Atlántida—. ¡Hace mucha frialdad y puedes coger un aire!”
Anoche vimos Colmillo Blanco. María lloró frente a las mismas escenas que yo cuando tenía su edad. Al final le hablé de Jack London, de su literatura de lo salvaje y de sus protestas contra la “humanización” de los animales. Cuando le dije que era uno de mis escritores preferidos, sonrió con picardía.
—Se nota—me dijo—, Jarabacoa es tu Alaska.
Entonces apagamos el televisor y nos fuimos a dormir. Camino del sueño, le tapé la boca con un pañuelo.

3 abr. 2017

Gato Barbieri

Cuando estábamos construyendo la cabaña en la Loma de Thoreau, subíamos todos los sábados para ver el progreso de la obra. En uno de esos viajes, cuando aún faltaban unos dos meses para que pudiéramos mudarnos, descubrimos que una rata ya se había instalado en la cocina.
Lo primero que se me ocurrió fue bajar al pueblo para comprar una trampa. Diana, en cambio, pensó en un gato. La idea de la trampa era mucho más sencilla. Un buen pedazo de queso, con toda seguridad, sería irresistible. El gato, en cambio, necesitaba de alguien que se ocupara de él de lunes a viernes.
Nos estacionamos a medio camino entre la ferretería y Animal Planet, la tienda de mascotas de Jarabacoa. Fui por mi trampa, mientras Diana y María fueron a conseguir un gato. Compré una de esas que son tipo jaula y que te convierten en verdugo, porque debes ahogar a la rata una vez que es atrapada.
Cuando vi que María venía dando saltos de alegría, supe que se habían salido con la suya. Esa misma noche atrapé a la rata con la trampa y tuve que dejar a Barbieri (así le pusimos) encerrado en la que luego sería nuestra habitación. Ambos animales eran casi del mismo tamaño.
Han pasado cinco meses desde entonces. La trampa, ya oxidada, está donde guardamos los trastos que probablemente nunca más usaremos. No hemos visto a Barbieri cazar algo que no sean lagartijas, grillos y pequeños insectos, pero, en honor a la verdad, no hemos vuelto a ver un ratón.
Si salgo a caminar por el bosque, Barbieri me sigue de cerca como si fuera un perro. Si escribo, se echa a mi lado. Si leo, se me acuesta encima. A veces, mientras le acaricio la panza, le doy las gracias a la rata que ofrendó su vida para que nos encontráramos.
Al final, gracias a Diana y María, yo también he caído en una trampa. No tengo un gato, él me tiene a mí.

31 mar. 2017

Arriero

El silente arriero sigue ahí,
mientras beso tus ojos
y sirvo un café
en el cuenco del amanecer.
En todas estas lomas
nadie como él
entiende al dios matemático
que creó el palo amarillo.
Solo así se explican
sus pasos certeros y rápidos
entre las ramas,
la neblina y el abismo.

No sé cómo darle las gracias
por esa música
que tiene la cañada
cuando él se mantiene
sigiloso,
expectante,
listo para darle
alcance a su presa
y dejarnos atraparnos
entre la mañana
y la lluvia
que seguirá cayendo
durante todo el día.

30 mar. 2017

Golpe de Estado en Venezuela

Un día como hoy me es inevitable recordar las innumerables discusiones que tuve con muchos amigos dominicanos sobre el chavismo y las graves consecuencias que eso tendría para Venezuela. 
Hablo de un momento en que Hugo Chávez se bañaba como un tiburón en un mar de petróleo y salpicaba a todos los países de la región a cambio de respaldo, complicidad o —por lo menos— silencio. El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón. 
No es que yo fuera adivino, es que se trataba del remake de una película de la que ya había vivido el final. Hoy es el primer día oficial de una dictadura que logró arruinar a un país y matar el futuro de una nación en tiempo récord. 
Lo que al fidelismo le tomó medio siglo, el chavismo logró resolverlo en apenas una década y media.

28 mar. 2017

Noches de radio*

Aurelio encendió el radio Westinghouse para que se le empezaran a calentar las bujías. Es un milagro que aún se oiga, hace dos años un rayo lo dejó echando humo. Quedó todo chamuscado, pero Atlántida lo tapizó con dos retazos de tafetán y de lejos perece nuevo.
El aparato tiene una enorme aguja en su mismo centro. Dándole pequeños golpes hacia delante y hacia atrás, mi abuelo tantea en la negrura de la estática. Una vez despejados los ruidos y las voces que se confunden con el traspaso de los kilohercios, se escucha un contrabajo.
—En el bajo, Joseíto Beltrán —se le oye decir de pronto el animador.
La voz engolada del animador le encanta a los bichos de la luz. Enseguida que él anuncia al primer músico, empiezan a dar vueltas alrededor de los bombillos. Muchos de ellos amanecen muertos al día siguiente. A las mariposas más bonitas y a los insectos más raros los guardo en una de las vitrinas del cuarto de expreso.
Atlántida se quedó en el comedor, recogiendo la loza con sus manos finas y estrujadas. Papá tantea la aguja para limpiar un poco más los celajes y vigila las moribundas bujías, ahora que el violonchelo es quien se escucha con minuciosa cadencia.
—En el chelo, Tomasito Alejandro Valdés.
Yo siempre me siento en una banqueta a dos pasos de mi abuelo, cruzó las piernas y empiezo a mirarlo. Mirar a mi abuelo es una de mis aficiones preferidas. Para decir algo, Aurelio levanta sus manos y casi las detiene en la mitad exacta del gesto. Luego, cuando regresan, son inapelables.
Me sé su rostro de memoria: su boca entreabierta por la perenne falta de aire, sus párpados a punto de caer por el sucesivo resplandor del mediodía en el arroz y su mirada de perdida en la distancia, como la de los héroes de la Guerra de Independencia en los libros de historia.
La banqueta en la que me siento a oír a la orquesta, es del piano donde están puestos los adornos más bonitos de la casa y el radio Westinghouse. Tiene una trampa donde todavía guardan algunas partituras de mi prima Lucy. Todas tienen el cuño de la librería Dulzaides de Santa Clara.
El piano está viejo, lleno de comején y desafinado, pero Atlántida le sacude el polvo todas las mañanas y lo deja como se veía en la vidriera de El Encanto. Hablando de pianos, ese es el de la orquesta. En toda charanga él es la moneda que más vale.
—En el piano, Pepito Palma Pereyó.
Por las tardes, mi abuelo y yo nos ponemos unas camisas de corduroy que Atlántida nos hizo en su Singer. La de Aurelio es verde oscuro y la mía azul Prusia. Cuando el aire frío de enero entra por la ventana de la saleta, yo me arrimo lo más que puedo a mi abuelo. Él me abraza con una mano mientras tantea con la otra.
Sintonizar una emisora en ese radiecito es un arte que parece reservado para Aurelio, sobre todo cuando tiene puesta su camisa de por las tardes.
—¡Vieja! —grita en dirección a la cocina—. ¡Ya empezó!
El grito da la impresión de que Atlántida está muy lejos, por lo menos en la antigua romana donde ahora viven Basilia y su madre. Pero ella sigue fregando la loza y enjuagando la cristalería. De pronto los violines. Elegantes hasta más no poder.
—En los violines el maestro Ángel Barbazán, Celso Valdés, Dagoberto González y el director Rafael Lay.
—¡Vieja, vieja, ya empezó! —Este grito es aún más alto, como si Atlántida estuviera allá, en la curva donde se cruzan la línea de ferrocarril y la carretera de Cienfuegos a Esperanza.
El hilo de agua se oye caer debajo de la ventana de la cocina, sobre un monte de mariposas. La loza de la casa es la misma de hace veinte años, fue el último regalo de Navidad que pudieron hacerse los Odd Fellows. Toda una vajilla llena de azucenas, que son las flores preferidas de Aurelio.
Esos son la tumbadora, el güiro y la paila criolla. Suenan como si estuvieran dentro de una caja de madera. Su sonido seco pone en movimiento a las ramas más altas del algarrobo, esas que sobrepasan la estación y parecen tocar a la luna cuando está llena y alumbra más que una locomotora.
—En la batería Guillermo García, Panchito Arboláez y Orestes Varona Varona.
Como las únicas flores que le gustan al abuelo son las azucenas, quitó de su vista un búcaro con las orquídeas de la vieja Máxima, que Atlántida todavía cuida para ponérselas a sus muertos. Luego se enjuagó las manos en el aire un par de veces y cruzó los brazos para disfrutar cada sonido.
—La gran flauta —me dijo Aurelio señalando la bocina del Westinghouse—, ahora viene la gran flauta.
Así dice todas las noches antes de recostarse en el sillón con un suspiro complaciente. Aurelio siempre ha dicho que en toda Cuba solo hay tres hombres capaces de cantar detrás de esa flauta y uno de ellos, fue su amigo, cuando era jefe de estación relevante en Cruces.
—¡Richard y su flauta!
—¡Vieja, vieja, ya empezó —gritó—, oye la flauta de Richard Egües!
El sonido del agua y los vidrios es la única respuesta de Atlántida. Nunca deja nada sucio para el otro día, la cocina tiene que quedar como un espejo. Los platos hondos separados de los llanos son guardados en el gabinete. Los impecables calderos Bolinaga van debajo de la meseta organizados por su número, uno dentro del otro, como una matrioshka.
El sartén y el calderito de freír se quedan con sus fondos de manteca en el horno. Los cubiertos se escurren toda la noche, menos el tenedor de Aurelio, que se guarda envuelto en una servilleta, junto a los platos y el olor a cedro del mueble más seguro, bajo llave.
Los trapos, el delantal y el mantel, tendidos uno al lado del otro, repiten su blancura a lo largo del cordel. Resuelto todo esto, Atlántida destapa las latas del café y del azúcar, enciende por última vez la estufa y, de paso, echa los tres quilos de vuelto del café en un envase de Kresto.
En ese momento el olor del café recién colado se expande por todos los espacios de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Empieza por el cuarto de expreso, pasa por la oficina y por cada una de las habitaciones de la casa de familia, que es donde vivo desde que mis padres se divorciaron.
Me encanta la cara que pone Aurelio cuando entran de nuevo los violines. Es algo muy breve, un pequeño pasaje para que al fin se escuchen los cantantes:
—¡No me interesa que me critiquen/ cuando me escuchen cantar,/ ritmos de antaño!
—Las voces de los maestros cantores —dice el animador en tono de broma— Felo “Hermético” Bacallao… ¡Hum! Y José Antonio Olmos. ¡Ellos integran la orquesta cuarentona de Los Araaagones! ¡Aahhh!
Este grito del animador hace que la tumbadora, el güiro y la paila sonsaquen a mi abuelo, que ya presiente otro ruidito y se abalanza sobre el radio para mover la aguja.
—¡Aragón! ¡Aragón! ¡Aragón!
—¡Vieja! ¡Vieja! —Aurelio vocea como si Atlántida estuviera por lo menos al final de los cañaverales, donde dicen que el Ruso se hizo su cabaña—. ¡Ya empezó la orquesta a tocar de verdad, ya están todos!
—Si tu oyes tu son sabrosón/ ponle el cuño... ¡Qué es la Aragón!/ Sí tu escuchas un rico danzón/ ponle el cuño... ¡Qué es la Aragón!
—Ah, cará, ya empezó la orquesta a tocar de verdad —exclamó Aurelio. Está tan contento, que a duras penas logra mantenerse en los límites del enorme sillón de majagua—. ¡Busca a tu abuela, que ya están todos!
Iba a salir corriendo a buscarla, pero justo en ese momento Atlántida apareció en la puerta de la saleta con su eterno suéter azul pálido. El suéter de mi abuela es una de las cosas que más he visto en mi vida, además de que ella siempre lo tiene puesto, a mí me encanta mirarlo. Tiene más olor a Atlántida que Atlántida misma.
Cuando la orquesta por fin entra en el primer danzón del programa, Aurelio se arregla el cuello de la camisa de corduroy y se detiene a oler el café recién colado.
—Esto si es un café —susurra—, y eso si es una orquesta.
Entonces los tres oímos a la orquesta Aragón tocar sus grandes éxitos hasta López Gómez se despide de toda Cuba “hasta un próximo encuentro con las melodías de siempre”. Número a número, la oscuridad se convierte en una fiesta a la que nunca fuimos.
Cada vez que los violines rellenan los espacios en blanco, Aurelio y Atlántida vuelven a contar su vidas y el “tiempo de antes” se nos viene encima. Puede empezar de cualquier modo, pero siempre termina en el momento en que Aurelio desconecta el radio y la noche se apaga.

*Fragmento del borrador del primer capítulo de la novela Atlántida.