10 marzo 2016

Irrompible

De izquierda a derecha: mi tía Titita, mi madre, mi prima Lucy,
Tito, Nellina y mi tío Aldo.
Cada vez que mi tía Nellina llegaba en el tren de La Habana, yo descubría algo increíble. Siempre nos poníamos alrededor de su neceser en espera del milagro. Una vez trajo una linterna que no llevaba pilas, bastaba con conectarla a la corriente durante toda la noche. Otra, un pez azul que al tirar de su cabeza y su cola se convertía en un tenedor y una cuchara.
Cuando Nellina nació, murió María Góngora, su madre. Fue mi abuela Atlántida quien la crió, por eso se querían aún más de lo que llegan a quererse los hermanos.
—Tarde o temprano todo se rompe —dijo mi abuelo el día que Nellina sacó una fuente de un material indestructible.
Para probar que no mentía, la lanzó desde lo alto contra el suelo. La fuente rebotó y volvió a caer intacta.
—¿Ves que es irrompible?
—Todo se rompe —insistió Aurelio.
Con ese aire de superioridad que los campesinos vuelven de La Habana, Nellina se subió encima de un taburete y volvió a lanzar la fuente. Otra vez rebotó y volvió a caer intacta.
—Por Dios, Nellina —trató de mediar mi abuela— no lo vuelvas a intentar.
Aquella frase, lejos de persuadirla, pareció estimularla. Porque se subió en el taburete y del taburete saltó a la mesa del comedor. Esta vez la lanzó hacia arriba. Como la estaciones de ferrocarril que construyeron los ingleses en Cuba tenían un puntal muy alto, la fuente flotó durante un instante interminable. Todos abrieron las bocas y los brazos.
Cuando se oyó el crujido, Atlántida se apresuró a recogerla y guardarla bajo llave en el aparador donde atesoraba su vajilla de porcelana. Nunca pudo usarla, pero jamás se deshizo de ella. Como recuerdo de familia sí logró ser irrompible.

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