14 septiembre 2012

La imaginación es un muro verde


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos) 

La capital de República Dominicana es una ciudad de contrastes avasalladores. La calle más rica puede estar a unos metros de la cañada más pobre. La esquina más hermosa a unos pasos del parque más feo. El bosque más silencioso al doblar del colmado más ruidoso.
La ciudad también está llena de contradicciones. Uno de los colegios más importantes hizo un enorme mural que convida a cuidar el entorno. Justo frente a él, dos veces al día, mientras llegan o se van los alumnos, una doble fila de mastodónticos vehículos hacen que la calle sea intransitable y sus alrededores inhabitables.
Santo Domingo es el único lugar de toda la geografía dominicana que no genera sentido de pertenencia. No tiene ni siquiera gentilicio. El capitaleño, en realidad, prefiere ser del sitio donde nacieron sus padres. Cualquier apartado rincón es más querido que esta incontenible extensión de múltiples caos.
El Malecón es quizás la prueba más convincente de que a muy pocos le importa la suerte de Santo Domingo. Lo que debería ser la joya de la corona de la ciudad, no es más que un muro en ruinas y cubierto por basura. Parecería que es el traspatio y no uno de los frentes de mar más impresionantes del Caribe.
Pero nada es absoluto. En la Zona Colonial queda un reducto de empecinados que defienden a su ciudad de la desidia y la indolencia. Freddy Ginebra y Oscar Hungría son los líderes de un movimiento que, a través del Clúster Turístico de Santo Domingo, rebuscan entre las ruinas de lo más antiguo las razones para darle sentido al futuro.
Una noche en la que Freddy organizó un paseo en tren por las calles más viejas del Nuevo Mundo, le pregunté qué se podía hacer para que Santo Domingo merezca el amor de los que la viven. El fundador de Casa de Teatro puso cara de circunstancia y respondió con tono grave, algo inusual en él.
“Las ciudades se hacen célebres por su cultura y por sus jóvenes. Londres es una de las capitales más antiguas del mundo y en las Olimpíadas parecía una muchachita de quince. Hay que entregarle Santo Domingo a los jóvenes, para que le canten, le escriban, la filmen y la llenen de los significados que necesitan para que sientan pertenencia de ella”, recalcó Freddy.
El Grupo Puntacana también tuvo un gesto de amor con la ciudad. En el mismo centro de Piantini, un sector que ha perdido casi toda su floresta en cuestión de tres o cuatro años, han revestido la fachada del edificio corporativo con un muro vivo.
El proyecto “Pared verde”, de la diseñadora urbana y paisajista Carla Quiñones, utilizó más de 10 tipos de plantas que le dan de comer a las aves y reducen hasta en 10º la temperatura del interior del edificio. El singular jardín vertical también mejora ostensiblemente la calidad ambiental del entorno.
Todos los días en la ciudad se talan varios árboles para seguir, con un ritmo frenético, llenándolo todo de concreto y cristales. Por eso hay que agradecer esa pared de cuatro pisos donde crecen lenguas de vaca, colas de caballo y magueyes morados, entre otras especies.
Se pueden hacer muchas cosas para que Santo Domingo sea la ciudad que todos nos merecemos. Casi ninguna es imposible. A veces la imaginación es un muro verde.

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