24/7/2014

El jinete sin cabeza

El monumento solo resguarda
al hombre de los pies
hasta el cuello.
Su cabeza perdida,
enterrada en el polvo
o en un campo de maíz,
sigue acechando
a sus antiguos enemigos.
No lleva pistolas
y no necesita del caballo.
Desde un lugar desconocido
despliega a los temores
como si fuera el viento,
los relámpagos o la obstinada 
persistencia de la sequía.

Enterrada entre el polvo
o en un campo de maíz,
la cabeza perdida sigue al mando.

19/7/2014

Deidamia, la muchacha que logró ser escritora

(Versión de la presentación del libro Pequeñas obsesiones, de Deidamia Galán, publicada en la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos).

Este es un país lleno de exuberancias. A pesar de su poca extensión territorial, su clima y sus riquezas naturales hacen que abunde casi todo. En la sociedad dominicana actual también impera la prodigalidad. Al extremo de que a veces hay enormes excedentes. Sobran, por ejemplo, políticos, militares, funcionarios, abogados, edecanes, consultores, relacionistas…
Sin embargo, hay un espécimen, fundamental para el equilibrio biológico de las sociedades, que está en un grave peligro de extinción. Me refiero a ese individuo simple, casi siempre humilde y desprotegido, que es un escritor con la necesidad de decir cosas que realmente aporten y hagan falta.
Obviamente no me refiero a los que se consideran a sí mismos magnánimos clásicos vivientes, tampoco a los que solo dialogan, desde una altísima torre de marfil y en tono engolado, con un espejismo tan abstracto como es la posteridad.
Hablo, simple y llanamente, del escritor que respira, come, tose, escupe, suda, orina, desea y se reproduce como el resto de sus congéneres. Hablo de los que son capaces de interactuar con la sociedad en la que viven y, después de libar desde lo más sublime hasta las excresencias, aportan una miel tan escasa y valiosa con lo son las ideas.
Conocí a Deidamia Galán por los mismos años en que República Dominicana y yo nos estábamos reconociendo. Fue en Casa de Teatro. Aunque ella todavía es muy joven, en aquel entonces hasta yo lo era. Recuerdo que se me acercó y me dijo que quería ser escritora.
Hoy tengo que darles dos noticias, una buena y otra mala. La buena es que puedo asegurarles que Deidamia, aquella muchacha que quería ser escritora, lo logró con creces. tengo la prueba en mis manos. La mala, es que la chica pertenece, lamentablemente, a una especie en grave peligro de extinción.
Hasta finales del siglo XX, los intelectuales eran tipos que necesitaban de mucho tiempo y de enormes libros para producir sus interacciones con las sociedades donde vivían. Ahora ese imprescindible acto muchas veces sucede en tiempo real.
La web 2.0 y las redes sociales han trastocado todos los paradigmas y el intelectual no ha sido infalible a eso. Deidamia no solo es capaz de escribir un libro de poemas, límpiamente bueno, como “Pequeñas obsesiones”, y un montón de versos de una sencillez estremecedora; también ocupa su lugar como un ser pensante dentro de la sociedad en la que vive y eso es doblemente admirable.
Estamos en una época en la que a cualquiera que perpetra una canción le llaman “poeta” y al que trama autoayudas, “filósofo”. Creo que al presentarles los poemas de Deidamia Galán, estoy contribuyendo a combatir esas falacias. La honestidad de estos poemas y la sencillez con la que están dichas las ideas más complejas, son una lección tanto para los embusteros como para los engreídos.
Recuerden que al principio les dije que en su país, que es ya también el mío, sobraban muchos tipos de gente. Deidamia, en cambio, pertenece a los que cada vez son menos. Por eso es importante que contribuyamos a proteger a esta muchacha que admite, con una honestidad sobrecogedora, que “todos los días pierde la batalla”.
República Dominicana es un país lleno de exuberancias y eso hay que celebrarlo todos los días. Pero también hay que celebrar lo escaso, lo que resiste, lo que perdura. Por eso quise hablarles hoy de Deidamia Galán, presentarles su libro.

16/7/2014

Dolores en la espalda

(Publicado originalmente en Diario de Cuba)

Maderos que alguna vez
fueron altísimas puertas
o enormes ventanas,
clavos oxidados,
ladrillos,
piedras,
pedazos
de andenes,
una pequeña
porción de tierra
del potrero
de mi abuelo,
el brazalete
que usó mi padre
en la guerrilla,
platos rotos,
retratos de familia
y cientos de imágenes
de todas mis ruinas,
de ese gran naufragio
que ha ido agravando
con su insoportable
peso
los dolores
en la espalda de mi memoria.

A mis 47

La locomotora insignia de los Ferrocarriles de Cuba, una bola de hierro ucraniana con 120 caballos de fuerza, apenas llegó a los 23 años de vida útil. Es decir, menos de la mitad de los que yo alcanzo hoy. Y creo que lo hago con cierta dignidad. Cuando la revolución cubana celebró su 47 aniversario, ya me parecía una anciana decrépita, intolerable.
Llego hasta aquí con unas 15 libras de más, innumerables achaques y el desconcierto que provoca la certeza de que, dentro de 3 años, tendré medio siglo en las costillas. Para decirlo de una manera más simple: comienzo a prepararme para asimilar la vejez sin entrar en pánico.
Eso no quiere decir que haya decidido empezar a tomar precauciones. Todo lo contrario. Le temo más a la idea de volverme conservador, que a los dolores en la espalda. Lo que me asusta es que me de alcance esa chochería que tanto inutiliza y anula (He visto a grandes contestatarios sucumbir a ella, uso sus penosos ejemplos para tratar de inmunizarme).
Lo que me aterra es llegar a la edad de la indulgencia, el conformismo, la condescendencia, la abulia y la cobardía. Quiero, mientras mi cuerpo aguante, seguir siendo el guajiro común y corriente que disfruta brindarle salchichas y ron a la gente que quiere, acaparar buena música y despertar cada mañana junto a Diana Sarlabous.
Para mi vejez solo deseo una cosa: que Cuba cambie antes de que yo muera, que la dictadura que dejó sin futuro a nuestras generaciones por fin sea derrotada. Si llego a ver eso, les prometo que me convertiré en un hombre nuevo. Tenga la edad que tenga, el día que eso suceda seré inconmensurablemente joven.

15/7/2014

El gato de Lilo Vilaplana tenía dos vidas

Lilo Vilaplana es un reconocido realizador de televisión en Colombia. Ha dirigido, entre muchas otras producciones, las tres temporadas de El Capo, la exitosa serie que ha sido exhibida en Estados Unidos y en toda América Latina… en toda América Latina excepto en Cuba.
Cuba es un pesar que Lilo lleva con él a donde quiera que va. Por eso, cada vez que tiene la más mínima oportunidad, hace que sus personajes se refieran a ella. No satisfecho con eso, decidió producir con sus propios recursos una historia totalmente cubana.
Para poder hacer realidad su sueño, contó con la complicidad de cuatro compatriotas: Alberto Pujols, Jorge Perugorría, Bárbaro Marín y Coralita Veloz. Fue así que un edificio de La Candelaria, en Bogotá, se transformó en un solar de Centro Habana.
La muerte del gato sucede en un día cualquiera después de 1989, año en que desapareció la Unión Soviética y comenzó el Periódo Especial, esa vergonzosa y prolongada crisis que condenó a los cubanos a sobrevivir dentro de un paisaje lleno de ruinas.
Para cualquiera que no conozca bien la realidad de la Isla, el filme puede parecerle una tragedia. A los cubanos, en cambio, les resultará un retrato fiel de sus vidas cotidianas. Unos pocos minutos le bastaron a Lilo para dejar al descubierto todo lo que han tratado de enmascarar décadas de represión y demagogia.
Hay muchas cosas destacables en La muerte del gato, desde la excelente realización (nunca antes una ciudad que no es La Habana se había parecido tanto a La Habana) hasta el gran nivel de las actuaciones. Pero por encima de todo eso, prefiero darle las gracias a Lilo Vilaplana por su incondicional compromiso con los suyos.
Una cosa más: La muerte del gato está dedicado al escritor Ángel Santiesteban, quien cumple prisión en Cuba por decir lo que piensa. Cada segundo que los personajes del filme se mantienen en pantalla, hace que Ángel sea más libre, prueba su inocencia.
El gato de Lilio Vilaplana tenía dos vidas. La primera la ofrendó para alimentar a tres cubanos desesperados. La segunda, despertará aún más el hambre de libertad de todos los que rompan el cerco de la censura y alcancen a ver la película.

11/7/2014

Ruina dentro de las ruinas

El ferrocarril del central Hormiguero flanqueaba al Paradero de Camarones. En tiempo de zafra, los resoplidos de sus pequeñas locomotoras se oía constantemente. Como incansables obreras, aquellas máquinas de 1895 acarreaban toda la caña que necesitaba el basculador.
En su costado llevaban escrito, con letras perfectas, el nombre del gladiador romano con el que rebautizaron al central. De niño, uno de mis juegos preferidos era calcular los carros que pasaban por el Cruzamiento de la Vía Estrecha.
Cuando oíamos los pitazos, mi abuelo y yo salíamos al andén. Una vez que  veíamos el fuego esplendente de la locomotora, empezábamos a contar. Cada cuatro trac (el sonido de las ruedas en el cruce de vías) era un vagón. Si no coincidíamos en la cuenta, mi abuelo llamaba a la estación de Hormiguero para comprobar quién había ganado.
En uno de mis últimos viajes al Paradero de Camarones, semanas antes de irme de Cuba, le pedí a Agustín Carballosa (un amigo de la familia) que me enseñara a Espartaco por dentro. Era evidente que aquella reliquia se hundía. Como un elegantísimo trasatlántico que hacía agua por todas partes.
—Esto no da más, Camilito —me dijo Agustín al final del recorrido, donde me enseñó con lujo de detalles el arte de convertir un tren de caña en azúcar. El punto final fue el taller de locomotoras. Cuando una máquina de vapor se mantiene en reposo, con la caldera encendida, jadea igual que los animales de carga.
La última vez que ví a estas locomotoras aún respiraban. Como hormigas obreras, acarreaban caña por los 90 kilómetros de líneas, ramales y desviaderos del central Espartaco. Dentro del taller todo estaba oscuro y destruido, pero aquellos hombres cuidaban a sus máquinas como si fueran eternas.
Ni ellos ni yo sospechábamos que muy pronto acabarían convirtiéndose en una ruina dentro de las ruinas.

8/7/2014

Para Bailar

El 31 de diciembre de 1980 fue miércoles y amaneció lloviznando. En la mañana, después del himno, hicieron un apremiante llamado a la movilización, en el seno de las milicias, frente a las nuevas amenazas. Poco después, Atlántida le puso flores frescas a sus muertos y empezó a pelar toronjas para hacer un dulce.
Mi madre llegó en el tren de las dos con un regalo para cada uno: dos libros y una botella de Viña 95. Alrededor de las cinco, Aurelio se dio un baño de agua fría y se puso su camisa de corduroy para empezar a leer El Don apacible. La frialdad de la tarde se afilaba en los hierros, antes de entrar por los postigos.
A las seis me fui a dar vueltas por el pueblo con mi radio portátil. Era un VEF 206, de fabricación soviética, donde Billy Joel cantaba “Honesty” una y otra vez.  Cada vez que se acababa la canción, CMHW felicitaba al pueblo de Cuba por un aniversario más del heroico triunfo.
A las doce de la noche, cuando se acabó la final de Para Bailar, el Paradero de Camarones se fue a dormir. Faltaba un año para que Aurelio se enfermara, tres para que yo me fuera en el Budd que pasaba de madrugada y nueve para que todo aquel mundo se borrara de la cabeza de Atlántida.
El 31 de diciembre de 1980 fue un miércoles como otro cualquiera. Pero no logro olvidarlo. Cada vez que oigo “Honesty” soy capaz de reconstruirlo minuto a minuto; desde el apremiante llamado a la movilización, hasta el cubo de agua que lanzamos sobre el andén a las 12 en punto, cuando 1981 nos tocó a la puerta.