24 abr. 2016

Busquen a Daniel Lozano

Daniel Lozano reportando desde las ruinas de Venezuela.
Mi primer trabajo en República Dominicana fue como editor de una publicación que se llamaba Pasiones. Debía ser el suplemento que el periódico El Caribe le regalaba a sus lectores por el fin de semana. Con obstinación, traté de convertirlo en una revista cultural. 
Eso me hizo cometer muchos errores y, gracias a los colaboradores con los que contaba, algunos aciertos. Siempre estaré agradecido de los aportes que hiceron a aquella publicación Martha Sepúlveda, Mabel Caballero, Ángel María, Jocelyn Ventura, Miguel Gomez, Maickel Ronzino, María Virgen Gómez, Freddy Ginebra y Daniel Lozano. 
Cuando el periodismo por fin esté a punto de morir, busquen a Daniel Lozano, porque, con toda seguridad, él será el último periodista del planeta tierra. Hoy Daniel publicó un reportaje sobre Cuba en La Nación, de Buenos Aires, y cita un tuit mío en el último párrafo.
Teniendo en cuenta todo lo que lo admiro y respeto, ese es uno de los grandes honores que he tenido en mi vida.

21 abr. 2016

Sigue a Paquito si puedes

Una de las razones por las que ya no necesito a Cuba para seguir siendo cubano, es porque la música de Paquito D’Rivera no me ha dejado solo ni un día de lo 15 años que llevo fuera de mi país. Sus discos, como los poemas de Virgilio o las novelas de Guillermo, entre muchas otras cosas que conservo siempre cerca, me han ido devolviendo lo que perdí.
Cuando tomé la decisión de romper con todo lo que había dejando en La Habana, tuve que ir al Consulado de Cuba en Santo Domingo a “regularizar mi situación”. No recuerdo una experiencia más humillante que ese momento en que el funcionario me miró con desprecio y me advirtió que yo ya no era un “cubano normal”.
De regreso a casa, me puse a oír un disco de Cachao y de pronto empezó ese bellísimo danzón que acaba en una descarga inmejorable: “Sigue a Paquito si puedes”. Me recuerdo manejando a toda velocidad por la avenida 27 de Febrero, llorando de la rabia, repitiendo el coro hasta quedarme ronco: “¡Paquito, Paquito, síguelo si puedes, allá tú!”.
Admiro a Paquito D’Rivera por dos cosas: por su arte (Chucho Valdés admite que es el más grande músico que él ha conocido en su vida) y por su intransigencia con la dictadura. Algunos dicen que exagera. Yo creo que nadie ha exagerado más en Cuba que Fidel y Raúl Castro. Convertir a la nación en una ruina irreconocible y llevar a nuestro país al estado de indigencia en que se encuentra actualmente, fue una verdadera exageración.
Es probable que si Paquito D’Rivera no se metiera en política de la manera que lo hace, fuera aún más reconocido en todo el mundo. Pero siempre se negó a interpretar ese rol pusilánime que exige la dictadura para que “no tengas problemas en Cuba”. Él siempre ha llamado a las cosas por su nombre aunque eso le llegue a costar… ¡un veto en la Casa Blanca!
Creo que todos ya conocen la historia y el final que tuvo. Cuando la carta que Paquito le escribió a Obama se hizo pública, al Presidente de Estados Unidos no le quedó más remedio que abrirle las puertas de su hogar a uno de los músicos más geniales de la historia del jazz.
Si muchos de nuestros artistas imitaran a Paquito, la dictadura cubana no tuviera el poder que tiene sobre ellos y sobre el resto de sus compatriotas. Es sencillo, apenas se trata de ser honesto con uno mismo y no hacer concesiones. Ya lo dice el estribillo de Cachao: “¡Paquito, Paquito, síguelo si puedes, allá tú!”

19 abr. 2016

La roca que cayó mientras dormías*

Rodó montaña abajo
destruyendo
todas
las huellas
que habían dejado
los campesinos,
el ganado,
las aves,
las lluvia
y el viento.
Cayó mientras
dormías
y no
se detuvo
hasta que encontró
su nuevo lugar
en el mundo.

Ahí está,
a un lado del camino,
esperando pacientemente
a que los campesinos,
el ganado,
las aves,
la lluvia
y el viento
reconstruyan
sus huellas
para volver
a rodar y borrarlas.

*Justo ayer compartí en Facebook el link de "Yo escribía para que ella me quisiera más", una entrevista que Raquel Garzon le hizo a Fernando Savater para Clarín. Poco después de la publicación, Odette Alonso reaccionó con una afirmación y una pregunta: "Uno escribe para eso, ¿verdad?". 
Luego, en la tarde, se me ocurrió este poemita y de inmediato se lo envié a Diana Sarlabous por chat. "¡Qué hermoso! Pienso en el Cucho que me escribía al principio de conocernos. Y recuerdo con cuanta ilusión esperaba tus mensajes. Te amo, Camilo Venegas", me respondió.
Sí, todos escribimos para que la persona a quien amamos nos quiera más.

Biromes y servilletas

Cuando Calamaro y Germán Weidemer se encerraron con un piano y un micrófono en los antiguos estudios Circo Beat, apenas pretendían ensayar las canciones que habían seleccionado para cantar en la antesala de un concierto de Bob Dylan. Cuenta la leyenda que le mandaron la cinta con el resultado a Fernando Trueba y fue el director de cine español quien se dio cuenta que aquello era un disco.
En casa de Puchi Fajardo, un lugar entrañable de La Habana que más quiero y extraño, que conocí las canciones de Leo Masliah. Allí también escuché por primera vez la versión que Milton Nacimiento hizo de "Biromes y servilletas". Recuerdo a Puchi bailando con un pez entre los muebles de su estrecha sala, ayudando a Milton en la repetición de las palabras.
Mi deuda con los discos de Andrés Calamaro ya era impagable e incobrable; Romaphonic Sessions solo ha venido a agravar las cosas, porque ahora no puedo salir a la calle sin él. Apenas dos tardes y unas pocas horas de grabación que han llegado hasta mi carro y mi estudio para dejarme el tiempo, todo el tiempo.

18 abr. 2016

Yo votaría por Enrisco para presidente

Que yo recuerde, lo he visto una sola vez en persona. Fue en el comedor de El Caimán Barbudo, hace ya más de veinte años. Luis Felipe Calvo logró conseguirle un ticket y lo llevó a nuestra mesa, donde siempre compartíamos con Armandito y Alí, dos grandes conversadores que se sabían todos los secretos en la realización y los emplanes de la revista.
No recuerdo de qué hablamos aquel mediodía, pero con toda seguridad nos reímos muchísimo. Es improbable estar cerca de Enrisco y no reírse a carcajadas, incluso sobre las cosas más graves, las que más rabia o tristeza producen. Desde ese día, también, respeto muchísimo su agudeza y su inteligencia.
Aunque Raúl Castro acaba de ratificar los principales signos de identidad de la dictadura de Cuba, no pierdo las esperanzas de ver unas elecciones libres en mi país. Cuando ese día llegue, yo votaría por Enrisco para presidente. He tomado esa decisión después de leer su más reciente libro.
Aunque ya me siento incapaz de seguir a ningún líder político y detesto el proselitismo en cualquiera de sus variantes, haré una excepción y les pediré que confíen las riendas de nuestra arruinada nación a este hombre. Antes, para que estén seguro de lo que hacen, lean el libro donde presenta su “plataforma programática”.
Como adelanto, reproduzco aquí su clasificación de las “variantes actuales de castristas”. Disfruten la lectura y… ¡Voten por Enrisco!



Variantes actuales de castristas
Fragmento de Enrisco para presidente (Sudaquia Editores, 2014), de Enrique del Risco.

-los históricos: hablan del Tratado de París y de la Enmienda Platt como si todavía estuvieran vigentes, de Batista como si estuviese entrenándose en Miami para regresar y, si hay problemas con el gobierno español, hablarán de Hatuey como si hubieran ido a la escuela con él.
-los matemáticos: no tratan de demostrar la superioridad del castrismo. Apenas se conforman con un empate. “La Habana = Miami; Lincoln Díaz Balart = Fidel Castro; Canaleta = Gitmo; 75 = 5”.
-los cartográficos: “la Revolución ha puesto al Cuba en el mapa”.
-los biargumentales: “la salud y la educación y la educación y la salud, la salud…”.
-los apolíticos: lo son estrictamente con respecto a Cuba. En relación con el resto del mundo son algo más sensibles y opinan sobre Irak como si tuvieran familia en Bagdad y del cambio climático como si fueran osos polares. Pero insisten, son apolíticos.
-los tolerantes: dicen que no se puede combatir el odio con el odio, que la violencia engendra violencia, y las malas caras engendran miradas travesadas. Todos debemos reconciliarnos: carceleros con encarcelados; torturadores con torturados; fusiladores con fusilados. Con todos debemos ser tolerantes menos con la mafia fascista de Miami a la que habría que aplastar a mandarriazos.
-los cosmopolitas: “¿Y qué? ¿Los cubanos emigran? Los mexicanos también. ¿Hay apagones? Igual que en Dominicana. ¿Los funcionarios son corruptos? Lo mismo que en Chicago ¿Hay prostitución? No más que en Tailandia. ¿No comen carne de res? En la India tampoco. ¿No hay elecciones? Tampoco en la Antártida. El mundo está lleno de esos mismos problemas y nadie se alarma por eso”.
-los tubérculos: “¿Cómo pueden criticar a la tierra que los vio nacer?”

17 abr. 2016

Abono

Mis abuelos Atlántida Mosteiro Góngora (1914-1995)
y Aurelio Yero Alonso (1908-1987)
Mi madre ya no recuerda el día de 1974 en que me llevó a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones para que mi abuelos me cuidaran. Yo tampoco lo recuerdo, pero gracias a esa fecha imprecisa soy como soy. Nadie influyó tanto en el Camilo Venegas que acabé resultando como Aurelio Yero.
Lo mejor de mí (y a veces, según Diana Sarlabous, también lo peor), se lo debo a todo lo que me inculcó aquel anciano, campesino y ferroviario, enamorado y ateo. Cada vez que yo iba a salir de la casa,  aun cuando fuera a buscar el pan a la bodega, me hacía una advertencia: “¡Mucho fundamento!”.
Era su manera de asegurarse de que pondría en práctica todo lo que me había enseñado. Vivíamos al lado de la oficina donde él daba vías, vendía boletos y despachaba paquetes. Desde el andén de mi casa se veía la modesta iglesia del pueblo, una tambaleante armazón de madera que solo abría los domingos.
Los oxidados campanazos coincidían siempre con el momento en que Armando Calderón le daba los buenos días a los amiguitos, papaítos y abuelitos. Mientras él y yo veíamos La comedia silente, el cura de Cruces administraba los pecados, las culpas y los perdones de mi pueblo.
Una mañana, en que el vozarrón del sacerdote se oyó con claridad en la sala de nuestra casa, me atreví a preguntarle por qué no creía. “¡Yo si creo! —me respondió sin quitar la vista del televisor, donde Charles Chaplin se enfrentaba a Matasiete en La calle de la paz— creo en tu abuela Atlántida, ella es mi religión”.
 Mi tía Helemenia, que era muy católica, nunca pudo explicarse cómo mi abuelo podía vivir sin creer. “¿Y qué va a pasar contigo cuando te mueras?”, le preguntó muchísimas veces. “Ná, me convertiré en abono”, fue su respuesta siempre.
A veces, cuando camino por la Loma de Thoreau y disfruto de las aves y el viento de la Cordillera sobre los pinos, pienso en el día en que yo también me convierta en abono, mas abono enamorado.
La Loma de Thoreau.