21/10/2014

El día en que los cubanos no se enteraron de la hazaña de Pito Abreu

Hoy es un día vergonzoso para la prensa en Cuba. Todos los medios de la isla, sin excepción, han callado uno de los momentos cumbres del deporte  cubano: el cienfueguero José Dariel -Pito- Abreu, primera base de los Medias Blancas de Chicago, ha sido seleccionado Novato del Año de la Liga Americana.
La pelota es uno de los más importantes signos de identidad de los cubanos. Este deporte les sirvió, a finales del siglo XIX, para definirse a sí mismos y defender su derecho a la independencia. Durante toda la primera mitad del siglo XX, los cubanos que militaron en equipos de Grandes Ligas contribuyeron de una manera decisiva a construir la leyenda del béisbol latino.
Pocos meses después del triunfo revolucionario, Fidel Castro decidió suprimir el deporte profesional en Cuba. Esa medida empujó al destierro a decenas de atletas que hoy son parte esencial de la historia del béisbol cubano. Las consecuencias de esa autoritaria medida han llegado hasta nuestros días.
Los peloteros cubanos que desean probar suerte en el mejor béisbol del mundo, antes deben escapar de su país. Eso tuvo que hacer el primera base de Cienfuegos. Apenas un año después, se convirtió en el primer novato de la historia de Grandes Ligas en finalizar la temporada entre los primeros cinco lugares de su liga en jonrones (36), carreras impulsadas (107) y promedio de bateo (317).
Sus cuadrangulares, además, impusieron un récord en los Medias Blancas de Chicago para un novato, rompiendo la marca de 35 que impuso Ron Kittle en 1983. Pito Abreu tiene ahora la sexta mejor marca de jonrones de un novato en la historia de Grandes Ligas.
Justo hoy, en la sección de deportes del periódico Granma, aparece un reportaje sobre cinco basquetbolistas cubanos que hace dos años desertaron. Obviamente, es la historia de un fracaso. Ese es el modus operandi de un régimen mezquino, que se niega a reconocer cualquier logro de los emigrados cubanos en cualquier ámbito.
Ni siquiera Radio Ciudad del Mar, la emisora de Cienfuegos, mencionará el acontecimiento. Pero el futuro se encargará de enmendar esa penosa omisión. Ninguna de las noticias que aparecieron hoy en los periódicos cubanos será más importante que la hazaña de Pito Abreu.
Cuando ya nadie recuerde a ninguno de los que merecieron los titulares del 21 de octubre en Cuba, José Dariel Abreu seguirá siendo un héroe de todos los cubanos. Los signos de identidad no se archivan en una hemeroteca ni se deciden en un cuartel, eso es algo que permanece guardado en el orgullo de la gente.

18/10/2014

Una leyenda que nació en Sitges, cinco generaciones después

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

En los años 80 del siglo pasado el periodismo en Cuba se había convertido en un oficio muy pedestre. La censura y el totalitarismo acabaron con una tradición de la que formaron parte José Martí, Alejo Carpentier, Gastón Baquero y Juan Bosch, entre muchos otros grandes escritores de Iberoamérica.
De pronto, en medio de aquel páramo, un joven recién graduado de la Escuela de Letras comenzó a publicar una serie de reportajes admirables. Sus textos se convirtieron en una prueba de vida de un género que se creía extinto. Se llamaba Leonardo Padura y escribía de cosas desaparecidas o a punto de desaparecer.
Justo en 1988, publicó un reportaje que me carcomió de envidia. A los hombres de mi familia, tanto los Venegas como los Yero, les fascinaba hablar del mundo del ron. Curiosamente, siempre lo hacían en pasado, como si se tratara de algo que ya no se podía recuperar.
A página entera, con lujo de detalles, el jovencísimo Padura logró contar una historia vedada en mi país: la de Facundo Bacardí, un catalán que había nacido en el pueblo de Sitges. Más de una vez le dije a Leonardo que hubiera querido escribir esa página.
Entonces no sospechaba que el azar me tenía reservada una sorpresa. En el 2000 vine a vivir a República Dominicana y, gracias a Freddy Ginebra, conocí a la familia que producía uno de los símbolos más genuinos del carácter y la alegría de los dominicanos: Ron Brugal.
Curiosamente, Don Andrés Brugal Montaner también había nacido en Sitges y vivió durante varios años en Cuba. Para colmo de casualidades, justo en el año en que Padura publicó su reportaje, Brugal cumplía un siglo. Tenía, delante de mí, la oportunidad de vengarme.
Durante estos 14 años, por razones de trabajo, he tenido el privilegio de conocer de cerca a los maestros roneros de la cuarta y la quinta generación de la familia Brugal. Junto a ellos he recorrido la Destilería de San Pedro de Macorís (donde las melazas dominicanas se convierten en un destilado de culto) y las bodegas de Puerto Plata (¡las más grandes del Caribe!).
En cada conversación, he ido armando el gran rompecabezas de una leyenda que comenzó a finales del siglo XIX, cuando don Andrés Brugal desembarcó en La Española y tuvo un amor a primera vista con la Novia del Atlántico.
Hoy Ron Brugal es la marca más internacional de República Dominicana, con presencia en más de 40 países de los 5 continentes. Pero donde más se disfruta es en su país de origen, donde ha sido testigo de excepción de cada fiesta que han celebrado los dominicanos en los últimos 126 años.
Cuentan sus descendientes que don Andrés era un hombre terco, incansable y emprendedor. Solo así pudo llevar adelante su sueño de hacer un ingenio, al que llamó Cuba, para destilar su propio ron, el más suave y mejor de todos cuantos se habían hecho jamás. 
Son sus tataranietos y los hijos de sus tataranietos los encargados de salvaguardar el legado que él fundó. Hace unos días, mientras conversaba con Fernando Ortega Brugal —el célebre don Nano— y su hijo Gustavo, repetí una pregunta que Padura también hacía en su reportaje.
“¿Cuál es el verdadero secreto?”, inquirí. Padre e hijo están tan convencidos de la respuesta que la dijeron al mismo tiempo: “¡La familia!”. “Brugal es el único ron del Caribe que se sigue produciendo en el lugar donde se fundó y por descendientes de su fundador”, agregó Gustavo.
Sigo envidiando a Padura por muchísimas razones literarias, pero creo haber reescrito varias veces el reportaje que él publicó en 1988. La única diferencia es que los míos tienen un final feliz. Hablo de un legado que nunca se ha movido de su lugar y que acumula 126 años de éxitos.
No pierdo la esperanza de ir con Leonardo Padura a Puerto Plata. Él también es un gran conocedor del mundo del ron y sé que los disfrutaría mucho. Aunque le temo a la posibilidad de que al final se le ocurra escribir un reportaje.

9/10/2014

Nos vamos poniendo viejos

Diana Sarlabous y yo estamos cada vez más cerca de los 50 años. Hemos llegado a esa edad en que, por primera vez, hablamos de la vejez como algo que también nos incumbe a nosotros. Como ella es mucho más estructurada que yo, no deja de sacar cuentas y hacer planes para el futuro.
Nuestro sueño es irnos a vivir a un pueblo de campo y más de una vez lo hemos imaginado en Cuba. Nada me gustaría más que pasar mis últimos años en el Paradero de Camarones, aun cuando tenga que viajar al menos una vez al mes hasta El Cristo.
Pero entonces la realidad de Cuba nos da un golpe en las cabezas y convierte el sueño en una pesadilla. Nuestro país está en manos de unos fósiles que se creen eternos y que sienten un inmenso desprecio por el tiempo y el futuro de los demás.
Cuba puede darse el lujo de esperar, pero nosotros no. Al finalizar la guerra de los 10 años, Máximo Gómez trato de reconstruir una finca de Sancti Spiritus en el Cibao. Le puso el mismo nombre: La Reforma. Solo la abandonó cuando Martí lo convenció de que Cuba tenía futuro. Hoy estamos más lejos de esa idea que en 1895.
Por eso tendré que tener mi vaca y mis gallinas ponedoras aquí. El sinsonte que nos cantará desde una mata de mango seguirá siendo dominicano.

7/10/2014

Acuse de recibo a Eduardo Sarmiento

Conocí a Eduardo Sarmiento en un privé con José Bedia y Katja Loher en Lyle O. Reitzel Gallery. Mientras la mayoría celebraba con Brugal Extra Viejo, él se mantenía muy callado, en uno de los extremos de la exposición. Su barba, delante de un paisaje de Bedia, recordaban la carátula de un disco de Iron & Wine.
Cuando ya casi nos íbamos, se puso de pie y me preguntó si yo era Camilo Venegas. “Limay González me sugirió que te localizara —dijo sin esperar a que yo respondiera—. Yo también soy de Cienfuegos y tengo amigos muy queridos en el Paradero de Camarones”.
La noche tuvo un segundo acto. Nos fuimos para El Bohío junto a Alejandro Aguilar y Marianela Boán. Ya no volvimos a necesitar a Limay de intermediaria. Nuestra región de origen y algunos pocos conocidos eran suficientes para que se estableciera el puente de la amistad.
Aquel mismo día nos prometió un catálogo de su más reciente exposición, Yearning & Desire, que compartió en Jorge M. Sorí con el artista pinareño Maikel Martínez. Después de descubrir nuestra colección de carteles de películas cubanas, agregó otro detalle al envío.
Aunque Miami y Santo Domingo están muy cerca, el bulto postal tardó tres meses en llegar. A Diana le gustó tanto “Malecón”, la serigrafía que Eduardo nos regaló, que me hizo ir de inmediato a Arte San Ramón para enmarcarla. Estará lista el lunes.
Mientras tanto, le hago llegar a Eduardo el acuse de recibo: Gracias, compay. Tu bandera ondeará aquí todos los días, ella será el muro donde nos asomaremos a ver el mar que abandonamos.

6/10/2014

La caída

Antenoche se nos quedó la puerta del balcón ligeramente abierta. Eso hizo que se formara un pequeño charco debajo del aire acondicionado. En la mañana, cuando me levanté para ir al baño, sufrí la peor caída de mi vida. Atlántida, mi MacBook Pro, quien me acompañaba en ese momento, se dio tantos golpes como yo.
A mí los analgésicos han logrado aliviarme los fuertes dolores en la espalda. Pero lo de Atlántida, desafortunadamente, es más grave. El técnico me acaba de confirmar que la reparación costaría casi tanto como una máquina nueva. En ella escribí cuatro libros: La vuelta a Cuba, Resort, Contratiempo y Como si fuera sábado. Somos inseparables desde hace cuatro años.
La nueva MacBook Pro es de una generación superior. Tiene más capacidad en el disco duro y, según el técnico, pesa mucho menos. Mañana pasarán toda mi información. Prometen que quedará como si fuera Atlántida. Por eso pienso llamarla igual, aun cuando sé que no lograré engañar a mis dedos.
Ellos se darán cuenta de inmediato. Entonces sobrevendrá un incómodo periodo de adaptación. Debo darles tiempo hasta que sean capaces de escribir ejercicios literarios en la nueva computadora. Aún tengo a la vieja Atlántida delante. Como la barba del personaje de Virgilio Piñera que se cae en el primero de sus Cuentos fríos, resplandece en toda su gloria.

Trenes rigurosamente vigilados

En los años 70 del siglo pasado, Cuba aún era el mayor productor mundial de azúcar. Por el Paradero de Camarones pasaban a diario largos cargueros hacia la Terminal de Azúcar a Granel Tricontinental de Cienfuegos. Eran trenes rigurosamente vigilados.
Aunque la producción de azúcar del país rondaba los 8 millones anuales, el régimen de Fidel Castro la mantuvo siempre racionada. Las guayabas y los mangos se podrían en las matas sin que las familias tuvieran la oportunidad de hacer una mermelada.
Por eso, cuando un tolvero se detenía en el pueblo para esperar que la vía estuviera expedita o cruzarse con otro tren, aquellos olorosos vagones se convertían en una tentación. Si era de noche, las posibilidades de tener éxito se multiplicaban.
Ni siquiera los guardias que viajaban en el cabouse, armados con antiguas carabinas, amedrentaban a los asaltantes. Un jarro de cinco libras era suficiente recompensa. Con eso bastaba para hacer un caldero de mermelada y endulzar el café hasta fin de mes.
En Cruces, una anciana abrió una compuerta de una tolva creyendo que estaba vacía; fue aplastada por 60 toneladas de azúcar a granel. En todos los pueblos de la línea, desde Sagua la Grande hasta Palmira, habían mutilados; todos desoyeron la advertencia de que era muy peligroso asaltar trenes en movimiento.
Estaban rigurosamente vigilados, porque con ellos se pretendía pagar la enorme deuda contraída con la Unión Soviética. Pero cada vez más cubanos se las ingeniaban para abordarlos. Solo querían hacer mermelada, destilar ron casero o asegurar la dulzura de su café.
Nada los detuvo. No los asustaba la posibilidad de perder un brazo o una pierna, tampoco morir. Las propias tolvas parecían alentarlos, en muchas de ellas el régimen había pintado una consigna: “¡Azúcar para crecer!”.

4/10/2014

La vida de los objetos

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

En 2011, a las pocas de semanas de conocernos, Diana Sarlabous y yo hicimos un largo viaje por el interior de Cuba. A ella se la habían llevado a los 5 años y yo decidí marcharme a los 33; entre los dos acumulábamos medio siglo de ausencia en nuestro país.
Ese viaje fue clave para que nos reconociéramos a nosotros mismos. Atravesamos la isla entera. Ella me enseñó el lugar de su infancia y yo le presenté todos los sitios donde había dejado algún recuerdo importante.
Fue así que comenzamos a acopiar las cosas que le darían sentido a nuestra futura casa. Un cartel de cine le dio nombre: El Bohío. Algunas obras de artistas de mi provincia comenzaron a llenar paredes que aún no sabíamos cómo serían.
Uno de los libros más fascinantes que he leído es 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. En apenas 126 páginas, se reúne la correspondencia entre una escritora de Nueva York con los empleados de una librería en Londres. Cada pedido y cada envío se convierte en una inolvidable lección de vida.
En un momento, en que le envían a Helene un libro que había deseado leer por mucho tiempo, escribe conmovida: “¡Qué mundo tan extraño éste nuestro, en el que uno puede adquirir para toda la vida algo tan hermoso…, por lo que cuesta una entrada al cine (…) o por la quincuagésima parte de lo que te cobra un dentista”.
Hace unos día, Diana tuvo la necesidad de escribir la historia de una botella. Ella la había comprado en Barcelona hace años, cuando vivía en esa ciudad. Era de cristal de Bohemia y le había costado apenas 10 dólares en una joyería de San Cugat del Vallés.
“Por alguna razón inexplicable, decidí aprovechar la oferta. Al llegar a casa la llené de ron dominicano. Durante 15 años el ron se mantuvo intacto en la botella. En 2011, cuando construí un nuevo hogar, rescaté mi botella de cristal de Bohemia”, puso Diana en su bitácora.
Después de cofesar que la botella sigue llena de ron (aunque ahora el Brugal Extra Viejo apenas dura semanas), tiene la necesidad de contar cosas más íntimas del objeto: “Ha perdido un pedazo, pero sigue siendo una bella botella de cristal de Bohemia. Solo que ahora hay una gran diferencia, está viviendo la vida para la que fue hecha”. 
A Helene Hanff le sucedía algo muy parecido con sus libros. No los mandaba a pedir a Londres para que adornaran su casa (vivía en un reducido apartamento donde no había nada que presumir), sino para entablar con ellos una relación que nada más en el mundo era capaz de lograr.
Por eso en nuestra casa tratamos de que cada elemento que nos rodea tenga realmente que ver con nosotros. Nos importan poco las modas o las tendencias, preferimos que cada cosa tenga sentido, desde una gran piedra traída de Montecristi, hasta las obras completas de Thoreau.
Pocos días después de que Diana contara la historia de la botella, un golpe de viento levantó las cortina de la sala. Cuando sentimos el golpe sospechamos lo peor. Por eso, todavía sin mirar, parafraseé en voz alta un verso de Joaquín Sabina: “¡Si hay que romper cristales, que sean de Bohemia!”.
Como la conservamos en fotografías y Diana fue capaz de contar su historia, la botella sigue siendo parte de nuestros objetos. Aún es capaz de llevar en su interior la vida que estamos compartiendo desde septiembre de 2011, cuando volvimos a Cuba para encontrar nuestro origen y empezar a construir el nuevo sentido.