23 jul. 2016

La paciencia del águila harpía

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

El águila harpía es la especie del reino animal que cuida por más tiempo de sus crías. Esta rapaz, considerada la más poderosa del mundo, invierte hasta cuatro años en una camada. Durante todo ese tiempo, se hacen cargo de entrenar y alimentar a los futuros cazadores.
Llega un punto en que los hijos son del mismo tamaño que los padres (hasta dos metros de envergadura) y su manutención se hace cada vez más agotadora; pero eso no desalienta al cabeza de familia, que recorre a diario enormes distancias en busca de monos y perezosos para sus crías.
Ese gigantesco esfuerzo para que sus hijos reinen en los cielos del bosque tiene una fecha límite. A los cuatro años, si alguno no ha sido capaz de valerse por sí mismo, es sacrificado por su propio padre; quien se asegura de que su pareja ponga huevos y comience otra vez el exigente arte de formar a un águila harpía.
En mi infancia tuve dos figuras paternas: mi abuelo Aurelio Yero y mi padre Serafín Venegas. Eran individuos totalmente diferentes, por eso acabé teniendo —como el personaje de Italo Calvino— dos mitades. Hay un Camilo que se parece mucho a mi abuelo y hay otro idéntico a mi padre.
Aurelio murió en 1987 y Serafín en 1993. Eso no ha impedido que mi vínculo con ellos se mantenga intacto y los tenga presentes en cada uno de mis actos. Mi abuelo era ferroviario, pero amaba el campo. Cada vez que siembro un árbol, le agradezco que me inculcara el amor a la tierra.
Mi padre era un gran aventurero (de hecho fue guerrillero, participó en la lucha contra Batista junto a Camilo Cienfuegos, de ahí mi nombre); cuando ando por el monte, le agradezco poder disfrutarlo como lo disfruto. A mis 49 años, cada vez que hago algo mal, pienso en ellos y me avergüenzo.
Cuando era joven, me empeñaba en encontrar las cosas que me diferenciaban de mi abuelo y mi padre. Una vez tuve una discusión enorme con Serafín, quien solo leía diarios de campaña y libro de aventuras. Con ínfulas adolescentes, traté de imponerme leyéndole una cita de “Padres e hijos”, la novela de Iván Turguénev.
—Eso será así en Rusia —me respondió—, pero en Manicaragua las cosas son diferentes y mucho más sencillas.
Cuando mi abuelo enfermó, le producía una gran impotencia no poder ocuparse de sus vacas. Era muy meticuloso en todo y no soportaba que se hicieran las cosas de otro modo. Un tarde me pidió que llenara la tina donde le daba de beber a su ganado.
Le gustaba hacer eso lentamente, para que el asiento del fondo no se revolviera. Cuando se dio cuenta de que yo estaba tratando de acabar rápido, me llamó la atención.
—¡Así no! —me advirtió— ¡Así no!
No le hice caso. Cuando la tina estuvo llena, lo miré y sacudí las manos en el aire. No dijo nada. Se levantó trabajosamente (estaba recién operado de un cáncer), bajó hasta el potrero y le quitó el tapón a la tina. Cuando estuvo totalmente vacía, empezó a llenarla a su ritmo.
Tengo sus fotos en mi escritorio. Cada vez que abro una botella de ron, pienso en ellos y, dentro de mi cabeza, les brindo. A menudo, cuando trato de tomar una decisión difícil, intento buscar en mis recuerdos alguno de sus tantos consejos.
El día que vi en Netflix el documental sobre el águila harpía, también pensé en mis padres. Es probable que por momentos tuvieran deseos de matarme; pero, a diferencia de lo que hace la rapaz, no me entrenaron para reinar, les bastaba que fuera honrado y bueno.
En lo esencial, creo que ninguna de mis dos mitades los ha defraudado. Por eso, aunque ya hace mucho que no están, siempre celebro junto a ellos el Día de los Padres.

18 jul. 2016

ALFREDO ZALDÍVAR: “Cuba es un dolor enorme que llevo a cuesta”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

En abril de 1990 recibí un telegrama donde me invitaban a participar en el Festival de las Ediciones Vigía. Unos días después me subí a un tren lechero con destino a Matanzas. Desde entonces Alfredo Zaldívar en uno de mis seres queridos.
Hace ya más de 16 años que no nos vemos. Pero las experiencias que compartimos me han alcanzado para seguir cerca de él y de sus enseñanzas. Aunque El Fogonero es virtual y debe leerse a través de una pantalla, tiene mucho de lo que aprendí en Vigía; de alguna manera sus posts también están impresos, rasgados e iluminados a mano.
Hace unos días me puse a oír el disco en el que Gema Corredera solo canta a Marta Valdés. Me vinieron tantos recuerdos a la cabeza, que tuve que marcar el teléfono de Zaldívar. No reconoció mi voz; pero cuando le dije quien era, los dos empezamos a llorar.
Como la voz de Gema fue quien tuvo que salvar el largo silencio que hicimos después, es esta conversación quien nos pone al día. No habíamos podido hablar tanto desde la última vez que nos encontramos.

Eres una de las personas más perseverantes que he conocido. El hecho de que, en 1985, fundaras una editorial con un mimeógrafo y una caja de esténciles vencidos, es la prueba más convincente de lo que digo. Ya todos saben de Ediciones Vigía y de su trascendencia en la literatura cubana, pero pocos conocen la circunstancia en la que ese proyecto fue fundado. ¿Quiénes eran el Zaldívar, la Matanzas y la Cuba donde eso fue posible?
Pasada la década de los 70, los artistas cubanos —pintores, teatristas, escritores, músicos— protagonizaban en los 80 una relectura, inédita hasta entonces, de la historia de Cuba. Miraban hacia la tradición, aunque sin negarla, de forma cuestionadora, y subvertían códigos artísticos anquilosados.
En el mismísimo centro de esa combustión que fueron los 80, surge Vigía en Matanzas. 
No pudiendo editar ni siquiera en la imprenta local, empezamos a hacerlo con esos medios que mencionas. No queriendo hacer una caricatura del libro industrial, quisimos hacer uno más alejado de las máquinas, más humano, cercano al libro de arte, pero sin serlo estrictamente, pues reproducíamos manualmente hasta doscientas copias. Así teníamos la libertad de publicar lo que queríamos y como lo queríamos.
Pero Matanzas, una ciudad de ríos que pasan lentos y desembocan en una bahía apacible, una ciudad sin portales, que baja los toldos a las cuatro de la tarde y que desde el siglo XIX le endilgaron el epíteto de “ciudad dormida”, recibió a Vigía con piedras, palos y, cuando no, con desdén. Tuvieron que llegar escritores y artistas de La Habana, y “de afuera”, para que empezaran a aceptarnos, no sin reservas.
Quién era yo. A los veinte y tantos casi todos somos osados e irreverentes. Yo, además, era ingenuo... aunque tozudo. 

Los años fundacionales de Ediciones Vigía están llenos de momentos inolvidables. También lo hubo graves y hasta dolorosos. Tuve el privilegio de compartir contigo algunos de ellos y aún me acompañan como hechos que me marcaron para siempre. ¿Puedes elegir dos o tres que te marcaron a ti, los que te sirvieron de recompensa por todos los esfuerzos y sacrificios?
Recuerdo cuando “sustrajiste” del área de libros prohibidos de la Biblioteca Provincial de Cienfuegos un ejemplar de Memorial de un testigo, de Gastón Baquero, y conseguiste ¡hacer una fotocopia! para mí. Cuando saqué algunos de esos poemas en La Revista del Vigía, fui acusado de publicar a un batistiano. No sé cómo conseguí que la poesía triunfara sobre el absurdo.
Debió ser el entrenamiento con los esténciles vencidos y el mimeógrafo checo. Luego publicamos la primera antología de Gastón, en una cubanísima caja de tabacos. Y aunque tú andabas entonces por México, estuviste muy cerca de esa edición.
Llevábamos dos años de tanteos cuando llegó Fayad Jamís a Matanzas y “nos descubrió” —constantemente alguien “nos descubría”—, y quiso publicar con nosotros. Él mismo tecleó los poemas con su máquina y dibujó sobre los esténciles. Todo iba en un cartucho de bodega que también él iluminó a mano. Entonces dejaron de mirarnos como bichos raros, aunque todavía seguíamos siendo sospechosos.
Eliseo Diego se apareció a nuestro stand en la Feria del Libro de La Habana el último día, a última hora. Estábamos a punto de desmontar. Nos saludamos. “¿Viene a la clausura de la Feria?", le pregunté. "No, vengo a verlos a ustedes”, respondió. Y me extendió un libro que traía en la mano. Fue así que Vigía hizo la primera edición cubana de Conversación con los difuntos.
También la edición príncipe de Créditos de Charlot, de Fina García Marruz; la primera edición cubana de Poemas de mayo y junio, de Cintio Vitier, que alcanzaron el Premio de la Crítica, algo inédito, pues lo ganaban por primera vez libros artesanales y producidos en provincia. Premio que también ganaría en 1995 tu edición, en la Colección Paseo que dirigías desde El Vedado, de Un seguidor de Montaigne mira La Habana, de Antonio José Ponte. 

Soy de los que piensa que el arte de la edición es casi tan importante como el de la escritura. Tú, que has ejercido ambos oficios por tanto tiempo, ¿puedes decirme qué es lo que más disfrutas de cada uno? 
Hasta cuando he escrito desde el dolor íntimo, ese que llega hasta tornarse físico, lo disfruto. Mi libro más divertido, La vida en ciernes, es un breviario de los paraísos perdidos. Había regresado a una Cuba deprimida y deprimente, de reciclajes que no se consumaban. Terminaba una relación de más de once años. Había muerto mi hermana Tárcila, la más guerrera de todas, y mi madre, sin poder reponerse, también se me había ido.
No me hallaba en Matanzas sin Vigía. Iba a ser un libro plañidero. Y quizás lo salvó el pastiche, los pregones, el radio del vecino, y sobre todo la música, que incluso, agrediendo, sigue salvando a esta isla. Me apropié de eso. Creo que lo que más disfruto de la escritura es cuando encuentro el acento, el tono del poema, del libro. Después todo es menos difícil.    
Dice un amigo que los escritores hacemos manuscritos, que los libros lo hacen los editores. No soy tan soberbio como para creérmelo al pie de la letra, pero mucho de verdad hay en ello. De la edición lo disfruto todo. Hasta el anonimato. Pobre del editor que se queje del anonimato. Soy un facilitador. Un intermediario entre el que escribe algo, que quizás yo pueda mejorar, y el lector.
Disfruto hasta el temblor de entregar el libro a la imprenta. Siempre me parece que algo falta, falla; que hay erratas y errores. No creo en el concepto tradicional de “arte final”. Par mí el arte final solo se consigue mucho tiempo después que el libro ha tenido su camino entre los lectores.     

A finales del siglo pasado te fuiste a vivir a España y, un tiempo después, decidiste regresar a Cuba o, para decirlo de una manera más honesta y precisa, a Matanzas. ¿Por qué volviste, cómo fue ese retorno, qué le agradeces hoy a esa decisión?
En Madrid tuve casa y amigos. Aún los tengo. Trabajé ocasionalmente para Pepo Paz, de Bartleby Editores; con Pio Serrano, para Verbum; con Víctor Batista, de Colibrí, y sobre todo con Carlos Sáez y la revista Signos, de la Universidad de Alcalá de Henares, donde además realicé ediciones y talleres de verano. 
Conseguí hacer la Colección de La Aurora, de libros artesanales según “el método” de Vigía, y venderla por suscripción. Y llegué a reproducir una peña que hacíamos en Matanzas, Nosotros los vivos, en una librería del centro donde leíamos poemas, presentábamos ediciones artesanales y cantaban Rubén Aguiar, Pavel y Gema, Habana Abierta y otros muchos artistas, no solo cubanos. 
Pero tenía un sueño recurrente que llegó a atormentarme. Caminaba hacia mi casa matancera y pasaban, como en una película surrealista, las flechitas negras y rojas de las aceras de granito de la Calle del Medio. Aunque el agua de Madrid siempre me reconfortó —porque no hay otra en el mundo tan parecida a la del Pom Pom, el mítico manantial que da agua a Matanzas—, mi sed era insaciable. 
Yo creía entonces que solo había un lugar para mí en el mundo: La isla Vigía, en la isla Matanzas, en la Isla Cuba. Ya sabes: “desde más lejos se oye más bonito”. Yo había hecho allí mi gueto. Creo con Lezama que la cultura se hace en tribu. En fin, regresé a Cuba, a Matanzas, por una sola razón: Vigía. 
Aunque las autoridades de Matanzas me negaron la solicitud de prórroga que había hecho, el Ministerio de Cultura me la otorgó. No obstante en Matanzas se negaron a que volviera a aquel proyecto. Me confinaron a Ediciones Matanzas. 
El panorama allí era deprimente. Ninguna de mis sugerencias —juro que las hice con estudiada humildad— fueron escuchadas, más bien rechazadas de plano. No estuve allí ni un mes y me fui a vivir una experiencia inédita para mí. Trabajar en la imprenta de plomo, con cajas, regletas, corondeles, arabescos, linotipo y hermosos clichés con dibujos y viñetas realizadas por grandes artistas que en algún momento habían pasado por allí, y que deberían estar en un museo. 
Hoy creo que todos se han perdido, tras desmantelar esa extraordinaria imprenta. Hice durante un año la edición de una cartelera cultural para la ciudad. La experiencia me apasionó. Pero un día me llamaron para editar la revista Matanzas y algún tiempo después para dirigir Ediciones Matanzas. 
Creo que crecí como editor, como gestor. Ediciones Vigía fue una hermosa etapa. Escribo un libro sobre aquella aventura. Pero mi trabajo editorial allí fue solo un ensayo. Mi novela de aprendizaje. En Ediciones Matanzas he armado otra vez mi tribu, mi gueto, mi isla. 
Esta ha sido siempre mi estrategia de supervivencia. Estuve mucho tiempo disimulando la caída. Haciendo alabares que amortiguaran el golpe. Pero ya he vuelvo a asentarme. No a sentarme.

Para terminar, quiero repetir la primera pregunta, 31 años después. Ahora que has convertido a Ediciones Matanzas en otra editorial trascendente, donde publican los que producen algunas de las obras más valiosas de la literatura cubana, ¿quiénes son el Zaldívar, la Matanzas y la Cuba donde eso ha sido posible?
La Matanzas donde vivo hoy es otra de mis utopías. Mi lugar en el mundo. De donde no pienso irme. La ciudad más desaprovechada del mundo. Me acusan de ser monotemático. La ciudad se derrumba pero yo no puedo seguir cantando. Por suerte a esa Matanzas la apuntalan Laura Ruiz, Ulises Rodríguez Febles, Alina López y unos pocos escritores más. Pedro Franco y su Teatro El Portazo (quizás el teatro más revolucionario y revolucionante que se hace en Cuba hoy). Están Lien y Rey, renovadores, cuestionadores,  componiendo la banda sonora no solo de Matanzas, de la Isla toda. Hay otros artistas. Y están —“modestia apártate”, como diría la gran Adria Santana— los libros del gueto, de la tribu, de la isla Ediciones Matanzas.
Cuba es un dolor enorme que llevo a cuesta. No hay un solo órgano de mi cuerpo ni un punto de mi siquis que no cargue con ese dolor. Dolor regado por todo el país, por el mundo. Vuelvo a Cuba dentro de un mes y medio “con mi dolor a solas”. Pero no tengo, como Bécquer, miedo. Sé que es dolor compartido. Son muchos dolores a solas. O sea, más doloroso aún. O sea, que duele más.  
Quién soy ahora. Un tipo que no quiere dejar de ser osado y que a esta edad suele ser a veces hasta irreverente. Sigo siendo el mismo tozudo, quizás más. Pero ya no me queda ingenuidad. Ya no puedo ni quiero ser ingenuo.

VERÓNICA CERVERA: “Se cocina sin miedo y sin dejar atrás el pasado”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

Después de medio siglo de totalitarismo y precariedades, dos de las palabras más amenazadas en Cuba son libertad y comida. Por ellas, justamente, fue que conocí a Verónica Cervera. El día que un link me llevó hasta su blog, me mantuve dentro de él por un buen rato. Luego, me convertí en una visita recurrente.
Tiempo después nos encontramos en Miami y resultó que teníamos otra cosa más en común: Emilio García Montiel, su pareja, es uno de los poetas que prefiero de mi generación y otro cubano admirable, dentro y fuera de la literatura. Siempre disfruto las cosas que sazonan juntos.
Desde él día que compramos La cocina cubana de Vero en Amazon, el libro permanece en un pequeño atril justo al lado de nuestra estufa. Diana y yo lo consultamos a menudo, gracias a él hemos cocinado noches inolvidables junto a queridos amigos.
Muchas veces, cuando pensaba en todas las recetas y sabores que dejé ir con mi abuela Atlántida, me entraba un gran desasosiego. Gracias a Verónica he podido recuperar muchas cosas que creía perdidas. Creo que, entre todo lo que le debo a esta aguda y precisa muchacha de Remedios, esa es la más importante.

Cuando Antonio José Ponte escribió Las comidas profundas, dijo que era “un librito sobre la imaginación cubana al comer, acerca de la imaginación puesta en aprietos a la hora en que faltan los ingredientes”. En La cocina cubana de Vero, en cambio, no falta nada. ¿Cómo se cocina Cuba cuando se consigue todo?
Cuando se consigue todo para preparar una comida cubana se cocina con soltura, con tu traguito, besando a tu pareja cuando te pasa por al lado aunque tengas las manos llenas de cebolla. Se cocina oliendo el aroma del comino y del aceite de oliva, probando la sazón y poniéndole otro poquito de lo que haga falta. Se cocina sin miedo y sin dejar atrás el pasado,  recordando los gustos de los que quedaron atrás y lo que les falta.

El día que vuelvas a Cuba, ¿qué pondrías sobre el mantel?
Si volviera, lo primero que pondría sobre el mantel es libertad. Seria genial si pudiera mezclar ingredientes en una cazuela y darle a mi gente lo que más necesita.

Cuando se habla de comida cubana, a muchos nos viene a la cabeza la imagen de Nitza Villapol, en blanco y negro, junto a Margot, con más palabras que ingredientes para cocinar…
De Nitza recuerdo el blanco y negro con Margot, pero no una receta en especial. Luego salto a los inventos del Periodo Especial y de ahí sí recuerdo algunos platos que mejor no mencionar. En casa cocinábamos más con su libro en mano (la edición del 80, con el exergo de Engels) que por el programa.
Me reencontré con Nitza después de casi 20 años de exilio. Una amiga me prestó el Cocina al minuto del año 54 o del 56 y me puse a leerlo como una novela, encontrando ingredientes y recetas que pasé muchos años para conocer y dominar.
Un libro en el que se les advertía a las amas de casa que no tiraran a la basura la carne de falda después de sacarle la sustancia para la sopa; lleno de anuncios de Hatuey, Nela, Ace, El Cocinero y Ac’cent, entre otras marcas desaparecidas de la isla; en el que medías los ingredientes con una taza de medidas y no una lata de leche condensada.
En fin. Todo había estado allá mucho antes, los piñones para el pesto, y el pastel de Navidad salpicado de frutos secos. Pensaba en lo que Nitza tiene que haber sufrido, en lo que tal vez hubiera podido contar de haber sobrevivido al fin (que no llega) del desastre o de haber querido hacerlo. 
Ambos libros siguen siendo una fuente de inspiración y consulta obligada, que me ha ayudado de cierto modo a seguir sintiéndome yo.

En la presentación de tu libro aclaras que eres del centro de Cuba y que, por tanto, tus recuerdos son diferentes a los que nacieron en Occidente u Oriente. Soy villareño igual que tú, por eso quisiera que definas nuestra cocina, ¿cuáles son las diferencias básicas que tenemos, a la hora de comer, con los habaneros o los orientales?
Aparte de decirle chatinos a lo que en otros sitios en Cuba llaman tostones o plátanos a puñetazos, creo que en la zona norte de Las Villas, se come mucho más pescados y mariscos que en otras zonas de la isla. Tenemos muchos platos como el Enchilado de vaquita (un pescado), la Pulpeta de macabí o la Salsa perro, que no se conocen en otras provincias.
A pesar de ser un país rodeado por el mar, comimos siempre mucha más carne que lo que este mar nos ofrece –hasta ya sabes cuando. Yo viví en una Cuba en la que no había transporte y escaseaba la comida.  No pasé de Pinar del Río por Occidente y hacia el Oriente sólo llegué hasta Camagüey. Fuera del país me han sorprendido algunos usos de las viandas en Oriente y el hecho de que allá se usa más el ron para cocinar.

Miami es una especie de arca de la Cuba perdida, por eso cada vez que aterrizo allí salgo en busca de algunos sabores que dejé en mi infancia. ¿Podrías revelarle a los lectores de El Fogonero dónde se consiguen los mejores platos cubanos de la ciudad?
Los mejores platos de la cocina cubana en Miami están en los hogares de los exiliados. Por suerte han pasado la barrera del recuerdo y tenemos a mano los ingredientes necesarios para hacer nuestros platillos favoritos de siempre o aquellos que los abuelos nos contaban de nuestra familia en mejores tiempos. 
De vez en cuando me sorprenden unos frijoles negros deliciosos en una fonda cerca del taller del mecánico, o descubro algún restaurante no tan famoso donde hacen unos moros y cristianos al mejor estilo casero, o en la carretera de los cayos del sur de la Florida te encuentras con un enchilado de langosta glorioso…