24 de ene. de 2015

El gran cambio también debe cambiarnos a nosotros

En septiembre del año 2000 recibí un email de Freddy Ginebra que cambiaría mi vida para siempre. Apenas tenía un párrafo y el 70% de su contenido estaba dedicado a los abrazos. Pero una sola línea me mantuvo el resto del día con los ojos clavados en la pantalla, ajeno a todo lo que ocurría en Casa de las Américas, que era donde laboraba en ese momento.
“¡Ya tienes trabajo en Santo Domingo. Empieza a despedirte de La Habana!”. Luego, en una llamada, me dio más detalles (aunque siempre envueltos en ese caos que arma Freddy cuando quiere decir cosas muy importantes y lo que le salen son chistes, fábulas, disparates…).
Apenas entendí que sería editor en un diario. “Será un hito en el periodismo dominicano. Están armando un equipo con periodistas de primera. Hay dominicanos, españoles, peruanos, mexicanos, argentinos, chilenos… ¡Es un todos estrellas!”, esas fueron exactamente sus palabras.
Entré en pánico. Yo no era periodista. Lo más cerca que había estado de serlo fue en El Caimán Barbudo y en La Gaceta de Cuba, cuando me tocaba redactar los obituarios o hacer pequeñas crónicas sobre acontecimientos en la cultura cubana. Mis conocimientos sobre República Dominicana eran elementales.
Todo lo que sabía de este país se lo debía al “Diario” de José Martí, a los cuentos de Juan Bosch, a las canciones de Juan Luis Guerra y a las cosas que me contaba mi padre, que siempre lamentó no haberse enrolado en una expedición para combatir a Trujillo (llegó a rebautizar un pequeño islote del lago Hanabanilla como Cayo Confites).
Recuerdo que, todavía muy nervioso, me metí en la biblioteca de Casa a buscar libros sobre el país que me recibiría en cuestión de semanas. Fue así que di con una historia de República Dominicana que había publicado el Fondo de Cultura Económica de México.
Si en el 2000 fue Frank Moya Pons quien me explicó el país y la cultura donde había decidido exiliarme; en 2014 fue él mismo quien me ayudó a entender con más claridad el país y la cultura a la que pertenezco desde hace ya 15 años. Gracias a “El gran cambio”, he podido poner otra vez los pies en esta tierra.
He sido testigo de la acelerada transformación social y económica que se ha producido en República Dominicana en los últimos tres lustros. Tenía mi propia visión de ella. Pero ha sido este libro, cuya edición y diseño son un verdadero lujo, a la altura de las imágenes y del propio texto, quien mejor me ha hecho entenderlo.
Vivimos en un país donde, de la misma manera que sobran opinadores, diletantes y manipuladores, faltan intelectuales que hagan lo que Frank Moya Pons acaba de hacer: mirar al pasado para explicar el presente. Olvidarse por un rato de los tiranos del ayer y ocuparse de los logros, los fracasos, las amenazas y las oportunidades del presente.
Hay que agradecerle al Banco Popular la publicación de este breve texto que es ya una obra inmensa. Ojalá que este valioso esfuerzo sirva de punto de partida y de estímulo para que otros historiadores continúen abordando la gran trasformación sociocultural que se sigue produciendo en el país.
Como puede apreciarse, tanto por el texto de Frank Moya Pons como por las excelentes fotografías que lo ilustran, en República Dominicana se ha producido un gran cambio. Eso debe servirnos para cambiarnos a nosotros mismos. Solo así todo el cemento y el sudor que se ha vertido empezaría a tener un verdadero sentido.

13 de ene. de 2015

Pruebas de vida

A las dictaduras se les hace muy difícil ser transparentes. Como su principal objetivo es conservar el poder absoluto, muy pocas veces la verdad les sirve de algo. Por eso es que se ven forzadas a censurar, tergiversar y manipular de manera constante. El doble discurso es parte de su idiosincrasia.
El régimen cubano era un maestro en eso. No cabe duda que Fidel Castro tenía un gran talento como comunicador. A él se deben eufemismos tan sagaces como el de llamarle ‘Lucha Contra Bandidos’ a una guerra civil o ‘Periodo Especial’ a una terrible crisis.
Pero tras la enfermedad del Comandante en Jefe, la cual fue tratada como un ‘secreto de estado’, el aparato propagandístico cubano comenzó a desajustarse y a cometer pifias increíbles. A partir de entonces a su tradicional secretismo se le empezaron a ver unas costuras horribles.
El manejo de la enfermedad y la muerte de Hugo Chávez es uno de los mejores ejemplos. No se puede resolver una crisis, en la era de la Internet y las redes sociales, con los mismos truquitos de la época de  Palabras a los Intelectuales o la Zafra de los 10 Millones.
Pero el peor momento para el team de manipulación de La Habana ha sido este. Era inevitable que se produjera una reacción de Fidel Castro ante la liberación de los tres espías y el anuncio de que Estados Unidos y Cuba reanudarían sus relaciones diplomáticas.
Pero si chapucero fue no tomarlo en cuenta en ese momento climático, peor fue la idea de usar a Maradona para dar una supuesta prueba de vida. ¿De verdad creyeron que podían engañar a alguien con esa cartica? A propósito de pruebas de vida, el que sí parece estar vivo aún es Silvio Rodríguez.
Al menos a mí, la foto en la que aparece junto al futbolista no me luce que esté truqueada. Ese es el aspecto que tiene el Maradona actual y el que está a su lado es idéntico al autor de “Tu fantasma”.
Yo no sé el Dinosaurio, pero el trovador parece que sí está ahí.

10 de ene. de 2015

Tendedera


Hoy, cuando nos tomábamos el primer Bustelo de la mañana, Diana Sarlabous se puso de pie y me dejó solo. Mientras subía la escalera, dijo que quería escribir algo. Media hora después volvió y me leyó este pequeño texto. No pude resistir la tentación de compartirlo en El Fogonero.
En los 9 años que ya tiene este blog, se pueden contar con los dedos de las manos los textos hechos por otros. Si hoy hago otra excepción, es porque me hubiera gustado escribir “Mis trapitos al sol”. No podría explicar mejor el estilo de vida que Diana y yo llevamos, lo que somos y queremos seguir siendo.


MIS TRAPITOS AL SOL

Hoy es mi último día de las vacaciones de Fin de Año. Entre trámites burocráticos interminables y fiestas familiares, los días me han pasado volando. Hoy, por fin, he podido sentarme tranquilamente a navegar por Internet.
Me encanta visitar los blogs de temas de costuras. Esta vez descubrí a Sew n Sow y a Down to Earth.  Dos mujeres que han encontrado la felicidad de la vida simple y en sus bitácoras describen a diario todo lo que hacen y sienten, la cotidianidad de una existencia feliz, plena.
Leerlas me ha llenado de ilusión. Sin saberlo, ellas le han dado un gran impulso a mis nuevos proyectos. Gracias a la web, puedo encontrarme con personas que de otra manera me sería imposible conocer.
Hoy pude conocer a Victoria y a Rhonda, sus vidas, su familia, los que les hace feliz. Ellas viven en Australia. En nuestros planes de corto plazo visitar ese lejano continente no está contemplado. Pero conocerlas virtualmente ha sido fundamental para mí.
Ellas me demostraron que podemos seguir secando nuestros trapitos al sol, a la manera de la campesinos, sin temor a que los demás vean cómo somos realmente. No tenemos nada que esconder, pero sí tenemos mucho que compartir.
Diana Sarlabous

4 de ene. de 2015

Cuba es un país para viejos

La Jiribilla ha sido, en los últimos años, la más constante publicación digital sobre cultura hecha en Cuba. Aunque es desaforadamente oficial y, como todo lo que se publica dentro del régimen, unipartidaria, forma parte de mi rutina semanal de lecturas cubanas (que va desde el museable Granma hasta el indescriptible 5 de Septiembre, el periódico de mi provincia).
El más reciente número de La Jiribilla comienza con el dossier El peso de una isla en el amor de su pueblo, donde se le hacen tres preguntas a once intelectuales cubanos: Roberto Fernández Retamar, Fernando Martínez Heredia, Aurelio Alonso, Silvio Rodríguez, Nancy Morejón, Fernando Pérez, Oscar Zanetti, Eduardo Heras León, Isidro Rolando, Arturo Arango, Juan Carlos Cremata.
A pesar de que la revolución triunfó hace ya casi 60 años, solo se invitó a un creador nacido después de enero de 1959 (Juan Carlos Cremata, 1961). Eso no es lo peor. Entre los creadores solo hay tres (El propio Cremata, Fernando Pérez y Arturo Arango) que se mantienen produciendo obras que convidan a pensar, de alguna manera, en el futuro de Cuba.
Entonces uno se pregunta cuál fue el criterio de los editores para seleccionar a los once que debían confesar sus aspiraciones en la venidera vida en Cuba. La única respuesta posible es que, para ellos, como para los que encabezan al régimen, Cuba es un país para viejos. Por eso los jóvenes solo piesan en largarse y las madres, aun cuando tiene la garantía de que solo 4.2 de cada mil nacidos no sobrevivirán, prefieren abstenerse de parirle un corazón a esa era.
Recomiendo la lectura del dossier de La Jiribilla. Es una excelente explicación de por qué en Cuba aún los dinosaurios no han desaparecido.

3 de ene. de 2015

Yuyo Serralvo, el primer delegado

En 2011, junto a Aracelia y Yuyo, dos de los personajes más queridos de mi pueblo.
En 2011, cuando regresé al Paradero de Camarones después de 10 años de ausencia, Yuyo Serralvo me abrazó con fuerza. Sentí sus huesos incrustados en mi pecho y en mi espalda. “Camilito, cará, yo creía que me iba a morir sin volver a verte”. Esa fue la primera y única vez que lo vi llorando.
Él fue el primer delegado del Poder Popular en mi pueblo. Llegó a ser el más antiguo de la provincia de Cienfuegos, porque siempre lo reelegían por abrumadora mayoría (el delegado es el único cargo público que se elije en Cuba por voto directo desde hace 57 años).
Aunque era un humilde obrero azucarero, tenía la resolución de un estadista. Con su machete despejó en cuadro de 400 pies de largo en medio de un cañaveral. “¡Ya tenemos estadio de pelota en el Paradero de Camarones!”, dijo al final, exhausto, rojo como un tomate.
Hizo aceras, un parque infantil y alumbró a todo el pueblo con luces de mercurio (entonces la gente se reunía debajo de los postes para comprobar que la ropa cambiaba de color). Pero el mayor sueño de Yuyo fue conseguir un mar donde echarle flores a Camilo.
Como el río más cercano está a 7 kilómetros, solucionó el asunto construyendo un estanque. Cada 28 de octubre, los estudiantes de la escuela rural Conrado Benítez teníamos que cargar cubos de agua hasta que aquel muro se viera como un malecón.
Muy ceremonioso, Yuyo vertía en él azul de metileno. Cuando el agua alcanzaba el color del mar, daba un discurso que siempre terminaba con la misma frase: “En el pueblo hay muchos Camilo y el Paradero de Camarones tiene su Camilo”. Entonces, mientras todos aplaudían, él me cargaba sobre sus hombros.
Una vez, en medio de una enorme discusión por algo que no recuerdo, su esposa trató de calmarlo: “Yuyo, no cojas tanta lucha con este pueblo, que cuando tú te mueras nadie se va a acordar de ti ni de lo que hiciste”. Me buscó con una sonrisa cómplice: “¿Tú oíste eso, Camilito? —dijo sujetándome fuerte del brazo— Angelita cree que yo me voy a morir”.
Aunque era marxista y se cagaba en Dios a cada momento, él es capaz de resucitar para seguir haciendo cosas por el Paradero de Camarones. Búsquenlo bien, que a lo mejor aparece.

2 de ene. de 2015

Uno de los últimos poemas de 2014

Una vez le oí decir a Dulce María Loynaz que se era poeta hasta los 40 años. "Uno puede seguir escribiendo poemas a partir de esa edad —recuerdo que advirtió—, pero ya sin el estado de gracia que se tiene cuando se es joven". A mis 47, aún tengo la recurrente necesidad de escribir versos.
Cuando cuelgo un post en El Fogonero o me siento a contar una historia, mi principal objetivo es compartirlo con los lectores que pasan por el blog o los que luego alcanzarán a tener el libro. Los poemas, en cambio, se me ocurren y punto. No es algo que me propongo  o planeo.
Ese es el caso de este poemita, uno de los últimos que escribí en 2014. Estábamos haciendo las maletas, ya era hora de irnos, y el tipo insistió tanto que me tuve que sentar a escribirlo. No me preocupa si es bueno o malo. Lo que disfruto es la constancia, el hecho de que quede por escrito un acto tan efímero e indescriptible.
Dulce María Loynaz fue una mujer muy lúcida hasta el fin de sus días. Sus frases eran acertadas y tajantes, como los machetazo de su padre. Sin embargo, creo que respecto a la fecha de vencimiento del poeta estaba equivocada.


ESTA NOCHE SUBIREMOS A LA MONTAÑA

Esta noche subiremos a la montaña.
La idea es llegar
antes de que las aves
hagan caer los restos de la tarde.
Allí nos espera el final de diciembre,
los días y las noches
que el año sirve a la mesa
antes de marcharse.
Estaremos allá arriba lo suficiente.
No queremos volver
hasta asegurarnos
de que todo aquí abajo haya acabado.

Ya le pusimos punto final a las dolencias
y al inexplicable desasosiego
que nos produce,
al final de diciembre,
el recuerdo
de aquella vez
—hace ya medio siglo—
en que enero
salió de la neblina
y destruyó todo
lo que habían servido a la mesa.

1 de ene. de 2015

Cumbre

Está perdida en la maleza de las alturas de Santa Clara, a unos pocos kilómetros de Placetas. Los viejos ferroviarios contaban que era la estación donde más bajaban las temperaturas en toda la isla, por eso preferían evitar la intemperie de su andén en tiempo de frío.
Hasta enero de 1976, fue un importante enlace en la Línea Central de Cuba. En ella nacía la sinuoso línea de Trinidad y combinaban varios trenes locales con los que circulaban entre La Habana y Santiago. A partir de esa fecha, en que se inauguró el nuevo trazado de la vía principal, Cumbre quedó atrapada en el interior de un ramal.
Primero fue cerrada al público, luego convertida en viviendas. A partir de ahí comenzó un lento viaje hacia las ruinas que aún no termina. Aunque ya su fachada está desfigurada, aún puede intuirse la elegancia de sus dos andenes. Según los que han estado ahí, una densa neblina pasea por ella todas las noches.
Hace unos meses, Carlos Alejandro Rodríguez (autor del blog La Aldea Maldita) supo que yo andaba buscando una foto de la estación de Cumbre. La semana pasada, por fin, se las ingenió para llegar desde Guaracabuya hasta ella, atravesando guardarrayas y caminos abandonados.
Ahí la tienen. Está deshecha, pero hace 40 años en su andén se detenía el majestuoso Habana-Santiago. La ceiba que está en el fondo no me dejaría mentir.