16 ene. 2018

Marianela Boán: “La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin”

Más de una vez he descrito el instante en que la conocí. Habana, día de un año de mil novecientos ochenta y pico. Ella fumaba con impaciencia y nosotros, un grupo de alumnos asfixiados por el humo intimidante de su presencia, esperábamos que nos revelara todos los secretos que se esconden sobre un escenario.
Más de una vez, también, he descrito todo lo que hemos compartido desde que ella y su esposo, Alejandro Aguilar, se mudaron para Santo Domingo y se convirtieron en mi familia. Como cada vez que nos reunimos no paramos de hablar, esta entrevista se ha estado haciendo por semanas, meses, años…
Desde que tengo una idea más o menos clara de lo que debe ser un artista, Marianela Boán está entre los creadores que más admiro y creo. Su honestidad es directamente proporcional a su talento y eso, en los tiempos que corren, la convierten en una especie en extinción.
Hemos hablado tanto, que cuando le hice estas preguntas creía saber sus respuestas. Pero Marianela se reinventa tanto que es incapaz de volver a decir nada del mismo modo. Por tanto, a partir de esta línea soy un lector más. Como cualquiera de ustedes, me siento a mirar el movimiento que tienen las palabras cuando están en boca de Marianela Boán.

¿Cuál es tu mayor deuda con la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán?
Viví fuera de Cuba hasta los 9 años y a los 11 comencé a entenderla, a través de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y de la danza. Desde entonces danza, vida y creación son para mí lo mismo. Pero la danza está en la base de la comprensión de todo lo demás. Desde el cuerpo de la niña que se vuelve adolescente mientras baila, viví el choque frontal y la transformación de la vida, la cultura y la política cubanas entre 1966 y 1973, años de grandes conflictos ideológicos y éticos.
La idea de apertura y contaminación, esenciales en mi obra, tienen su origen en la educación integral que recibí en la ENA una educación que preconizaba que cada artista debía tener el mayor conocimiento posible de todas las artes. En esa época, la escuela tenía una vocación ecuménica que trataba de poner en relación las diferentes artes y artistas; que veía la especialidad excesiva como un límite y la apertura e inclusión de otras artes como algo fundamental.
Desde entonces empecé a ver la danza como un acto colaborativo, que se expande y se contrae con la intervención de otras artes. La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin.

Vistas desde ahora, ¿qué significan para ti las experiencias de Danza Contemporánea de Cuba y DanzAbierta?
Danza Contemporánea: el lugar donde aprendí el oficio.
DanzAbierta: el lugar donde me desaprendí de él.

¿Por qué te fuiste de La Habana?
No me fui de La Habana ni legal ni espiritualmente. Uno puede estar físicamente en un lugar y no estar presente… y viceversa. Cada vez que visito Cuba siento que la distancia me ha hecho más presente. Definitivamente, el plano en que un artista y su obra se perciben, no es geográfico.
En Cuba las palabras “irse” o “quedarse” están llenas de un contenido que me es ajeno. No obstante, hace tres lustros que no vivo geográficamente en La Habana. Después de 15 años en Danza Contemporánea de Cuba y 15 en DanzAbierta y a mis casi cincuenta, necesitaba estudiar.
Sentía que ya había dado demasiado y que debía poner en riesgo todas las seguridades del estatus y la aceptación; experimentar con tecnología, con otras formas de producción, con otras culturas y cuerpos. Reinventarme para crecer. Siendo una coreógrafa tan alimentada de la realidad circundante, necesitaba un cambio, con realidad incluida.

¿Por qué te fuiste de Filadelfia?
En Filadelfia nunca estuve con carácter permanente por lo que tampoco me fui.
Filadelfia es una de las mejores ciudades para la danza contemporánea en Estados Unidos. Allí decidí pasar un curso de primer mundo mientras hacía un Master en danza.
Allí estrené obras para la compañía BoanDanz Action, que fundé con bailarines americanos. Con ella, realicé giras internacionales y participé en algunos de los más importantes festivales de Estados Unidos. Me proyecté por todo el país y pude absorber, investigar y crear con intensidad todo lo que necesitaba sobre ese mundo postecnológico en crisis (Bush, la guerra de Irak, la crisis financiera del 2008) que me tocó vivir.
Ese período me cambió, me aportó, fue fascinante, pero también me reveló la importancia de tener una misión: “ser mejor que mi misma en sí mismo”, sin la ilusión de que a través de la obra estás cambiando algo afuera, no tiene sentido para mí.
Entonces descubrí que el Caribe aún me dolía y que “el curso” había llegado a su fin.

¿Por qué te quedaste en Santo Domingo?
Me quedé en Santo Domingo porque estoy en el tiempo de dar y el sentido de misión es aquí lo más importante. Cada acción artística que ejecuto está destinada a fundar, formar o enseñar. Aquí soy creadora, curadora, gestora y formadora.
La sed de aprender de los jóvenes con los que formé la Compañía Nacional de Danza Contemporánea del Ministerio de Cultura y el interés de las autoridades, los intelectuales, los artistas y el público por la danza contemporánea me cautivaron. Pero aún más me ha cautivado ver cómo la danza contemporánea ha ganado terreno y respeto en estos siete años.
Me quedé en Santo Domingo porque me da el don de la ubicuidad. Desde aquí puedo seguir interactuando con Cuba y Estados Unidos. Cada año viajo a ambos países, creando, presentando obras y enseñando.
Los territorios conquistados se vuelven un archipiélago alrededor de esta isla.

El ombligo del mundo queda en un país que ya no existe

(Prólogo de la novela El ombligo del mundo, de Jorge Luis García Fuentes)

A Jorge Luis García Fuentes lo conocí a principios de la década de los 80 del siglo pasado. Coincidimos en una ciudad irrecuperable, en un país que dejó de existir. Una gran escenografía de ladrillos y cúpulas se alzaba sobre el antiguo campo de golf del Country Club de La Habana. Era la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán y estábamos en el primer día de clases.
Yo comenzaba en segundo año y él en primero. Los reincidentes solo teníamos tiempo para abrazarnos y ponernos al día, después de haber estado sin vernos durante todo el verano. Según él me cuenta, alguien le dijo quién yo era. No nos conocimos por nosotros sino por la música que más oíamos entonces.
Esta parte de la historia a mí se me había olvidado y la recuperé gracias a él, porque mi más viejo recuerdo suyo era en otra parte: en el proscenio del teatro Miramar, escondido detrás de sus sempiternas gafitas a lo John Lennon, recitando en voz alta un homenaje suyo a Aquiles Nazoa. Tenía una agenda soviética entre las manos.
–¿Me dijeron que aquí el fanático de Silvio eres tú? –dice que me dijo. Y yo seguramente que asentí, porque en aquella época blandía las creaciones de Silvio Rodríguez con necio fundamentalismo. “Causas y azares”, “No hacen falta alas” y “Monólogo”, entre muchas otras, fueron la contraseña de nuestra amistad.
Me veo claramente en una de aquellas noches, junto a Jorge Luis, gritando a voz en cuello “¡un helado gigaaaaante!”, mientras Silvio saltaba para ponerle fin a uno de aquellos conciertos que hacía año tras año en nuestra escuela.
Pero más que el teatro y nuestro fanatismo por Silvio, creo que quien mejor nos unió fue la poesía. Los dos empezamos a garabatear versos al mismo tiempo y nos leíamos aquellas primeras cosas una y otra vez, hasta que se convertían en una obra colectiva de tanto manoseo.
Poco después de graduarnos nos perdimos de vista y solo coincidimos una vez más en La Habana. Recuerdo que fue hasta mi casa y le presté unos videocasetes donde había grabado varios capítulos de El narrador de cuentos, la inolvidable serie que protagonizó John Hurt.
Durante todo el tiempo que dejamos de vernos en Cuba, él protagonizó una película ­—Vals de la Habana Vieja (Luis Felipe Bernaza, 1988)— y escribió para la televisión cubana. Nunca más supe de su poesía, jamás escuché su nombre entre los briosos nuevos pinos de la literatura cubana.
La próxima vez que nos encontramos fue en Facebook. Él ya estaba en Hermosillo, México, y yo en Santo Domingo, República Dominicana. Los mapas habían cambiado de color y no pocos países de nombre. Cuba, inamovible, se seguía derrumbando. Nosotros, sin embargo, aún pensábamos muy parecido. Habíamos llegado a las mismas conclusiones por separado.
Gracias a eso recuperamos intacta nuestra antigua complicidad. Ahora los dos sentimos el mismo rechazo por el ciudadano Silvio y coincidimos en la inmensa mayoría de las cosas que se debaten en las redes. Él, desde el desierto calcinante, y yo, desde el Caribe, nos resistimos a abandonar el país imaginario del que nos fuimos.
Ambos nos valemos de las palabras para seguir en Cuba. Lo mismo a través de nuestros respectivos blogs, que en teewts, post o discusiones en la red. Es así que nos reencontramos a menudo. Aunque no nos es posible abrazarnos, el cariño se sostiene a base de coincidencias y hasta de reincidencias.
Hace unas semanas, me dijo que estaba a punto de publicar una novela. La noticia me dio mucha alegría, pero me puse muchísimo más feliz cuando me pidió que escribiera el prólogo. Lo dicho hasta aquí, son los antecedentes fundamentales con los que hice doble clic y empecé a leer El ombligo del mundo.
La imaginación de Jorge Luis fue siempre hiperactiva. Incluso en los trabajos de clase, era incapaz de conformarse con la realidad (o las realidades) que le exigían. Nunca se contentaba con dejar las ideas en su estado natural. Esa es la razón por lo que todo lo que pasaba por sus manos acaba en lo surreal, en el absurdo, en lo apócrifo…
Esta novela no es la excepción. La trama de Jorge Luis no sucede en los trillos del realismo sucio, esos estrechos senderos que tantos cubanos de su generación han dejado prácticamente intransitable. La isla a la que llega el conde Saint-Germain es menos obvia y mucho más alucinante.
Aunque las ruinas físicas y morales del país son inocultables, nos sumergimos en ellas con una cartografía diferente. La búsqueda en Cuba del Umbilicus Mundi se convierte en un hermosísimo homenaje a los signos de identidad que definen al cubano y a los maestros de Jorge Luis, desde Virgilio Piñera hasta Umberto Eco, desde Juan Padrón hasta Steven Spielberg.
Como en las grandes novelas de aventuras —tan injustamente separadas de las grandes novelas a secas—, la trama de El ombligo del mundo salta de épocas, de geografías y de escenarios, hasta lograr que el mundo entero quepa en el interior del teatro Monserrat.
Los antologadores y críticos de la literatura cubana más reciente han ignorado hasta ahora a Jorge Luis García Fuentes. A pesar de que él nunca dejó de escribir y su obra es una de las más ingeniosas, honestas y valiosas de su generación; jamás notaron su presencia. Ante El ombligo del mundo, no podrán seguir siendo indiferentes.
Pero si fue un grave error no incluir el nombre de Jorge Luis entre los mejores escritores de su generación; pero aún será tratar de etiquetarlo y buscarle un lugarcito en un sitio donde ya no tiene espacio. Aunque es una obra escrita por un cubano y Cuba es uno de sus escenarios, escapa a todas las clasificaciones al uso.
Los años de exilio le han ofrecido a Jorge Luis toda la autonomía de vuelo que necesitaba para escribir un libro como este. El autor consigue escaparse con mucha habilidad de lo autorreferencial. También logra liberarse de los agobios de la censura y —sobre todo— de la autocensura.
El ombligo del mundo también escapa a esos vicios y temores que tanto lastran la literatura cubana actual, incluso de autores muy premiados y reconocidos internacionalmente. Más que por un cubano, la novela está escrita por un hombre libre, cual solamente puede ser libre.
En la próxima página comienzan las aventuras, venturas y desventuras del inmortal conde Saint-Germain. Ellas le llevarán a conocer a Álvaro Medina, un historiador de arte que labora como encargado de conservación del teatro Monserrat.
Cuando conozcan a Álvaro, se sentirán como yo el día que conocí a Jorge Luis. A simple vista parecen tipos comunes, pero una vez que se hacen sus amigos, querrán tenerlos cerca por siempre; aunque una isla, un golfo y un desierto medien entre ustedes.
No los demoro más. Sean bienvenidos a bordo. ¡Feliz viaje al ombligo del mundo!
La Loma de Thoreau, 6 de diciembre de 2017

15 ene. 2018

Cuba, el país donde solo los muertos se mueven

Gracias a un viejo jeep soviético, el que tiraba del carretón con las cenizas de Fidel Castro, se pudo apreciar en su justa dimensión el legado de ruinas que dejó el dictador. A lo largo de toda la Carretera Central, pueblo tras pueblo, una isla paralizada fue desfilando ante las cámaras.
Si se comparan las fotos del funeral con las de la “caravana de la victoria”, en 1959, se notarán muy pocas diferencias. Nada parece haber cambiado desde entonces, salvo el modelo del jeep (que entonces era un Willy’s nuevo) y la euforia de la gente llena que había empeñado todas sus esperanzas en lo por venir.
A mediados de la década de los 90 del siglo pasado, cuando Cuba perdió los subsidios de la Unión Soviética y tuvo que enfrentar una devastadora crisis, el régimen destinó una gran parte de sus recursos a escarbar en Bolivia. No descansaron hasta encontrar, según ellos, los restos del Che Guevara y sus seguidores en la fracasada guerrilla.
Ahora, que otra vez el país perdió la ayuda extranjera que lo mantenía, su dirigencia optó por volver a reunir restos. Los despojos de la antigua tropa de Raúl Castro son los que acompañan en estos días al anciano general. Mientras, los cubanos que aún respiran no saben qué hace con sus vidas.
Cuando la gente se despedía del búcaro con flores que mostraron en lugar del cuerpo de Fidel Castro, también saludaban a todo lo que les deparaba el futuro. En Cuba, el país donde solo los muertos se mueven, nada ni nadie escapa a la influencia de ese montón de huesos, cenizas y rituales mortuorios.

13 ene. 2018

Reacciones desde un país de mierda

Ilustración de Alen Lauzán.
La inmensa mayoría de los cubanos actuales hemos sido víctimas, de una manera o de otra, de esa gran tragedia que ha sido para nuestro país 60 años de totalitarismo. Eso ha hecho que casi todos seamos seres binarios, incapaces de reconocer la diversidad y de interpretar algo si no es a través de polos opuestos. Vemos todo en blanco o negro, sin una pintica de gris. Se está en un extremo o en el otro. Nos resulta inconcebible que existan más de dos opciones.
La infinidad de justificaciones que he leído de las vergonzosas expresiones racistas de Donald Trump, me producen aún más vergüenza (y no puedo entenderlas como ajenas, viniendo de cubanos). Me parece inaceptable la idea de que para poder adversar a la dictadura que nos ha sumido en el oprobio se tenga que simpatizar con un asno con moña.
Tampoco acepto la idea de que si no se le justifica, se es comunista o cuando menos demócrata. ¿Acaso no ven que es un animal con ropa, un ser sencillamente despreciable? Siento un respeto inmenso por los cubanos que mantienen un activismo contra la dictadura de Raúl Castro dentro de mi país, pero no puedo tragarme los elogios y las guataconerías de algunos de ellos con el patán que hay en la Casa Blanca.
Insisto, no me considero de izquierda y el partido Demócrata de Estados Unidos me es tan ajeno como el Frente para la Democracia de Burundi. Solo sigo estando del lado de la especie humana, por eso tengo que admitir que en Estados Unidos hay una bestia en el lugar donde debía haber un presidente.

11 ene. 2018

La dictadura de los ultra correctos

La noche que hice el mejor fildeo de mi vida, la del 25 de julio de 2011, fue también la de mi más exitoso flirteo. Llegué a Casa de Teatro, en el corazón del Santo Domingo colonial, y quedé encandilado por unos ojos azules que alumbraban desde una de las mesas del fondo.
Fui insistente, torpe, incorrecto… Asedié y acosé a Diana Sarlabous. Tanto me propasé, que apenas unos minutos después de haberla conocido y sin darle tiempo a reaccionar, le di un beso (en esa acción, siempre reconozco el crédito del Brugal Extra Viejo que llevaba en la mano).
Hoy, mientras leía Defendemos la libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual, el manifiesto contra el “puritanismo” que firmaron en París más de cien artistas e intelectuales francesas, pensé en aquellos minutos en que Diana Sarlabous pasó de ser una absoluta desconocida a la mujer más importante de mi vida.
Por eso firmaría ese documento y todos los que se redacten contra el extremismo de los ultra correctos, esa afán que acabará por empujar al mundo a los brazos del fundamentalismo moralista que tanto pregonan los más conservadores de la política y la religión.
La violación es un delito muy grave que debe ser rechazado y condenado sin vacilación. Pero de ahí a caer en una cacería de brujas a veces hasta por tonterías, hay una gran diferencia. Ya en Hollywood se ha empezado a borrar rostros de las películas, una bochornosa práctica de muchos regímenes totalitarios.
Por eso me temo que esta cruzada puritana puede conducirnos a horrores aún peores que los que la desataron. Pocas semanas después de nuestro primer encuentro, Diana Sarlabous y yo nos casamos. Desde entonces, como en las películas de Disney, nos sentimos dichosos para siempre.
En la dictadura de los ultra correctos nuestra historia hubiera sido imposible. Aún seríamos aburridamente íntegros, tremendamente infelices.