19 ene. 2017

Transportes Escolares

Anoche me subí en un autobús a principios de los años ochenta. Era aquel que pasaba al final de los domingos y cubría la distancia que hay entre los meses de clases y los sembradíos más remotos de mi provincia.
Adentro todos eran jovencísimos y todavía estaban uniformados. Algunos se burlaron de mí, otros me miraron espantados. —¡Te estás quedando calvo! —Dijo por fin aquella rubiecita de Palmira cuya mirada nunca aprendí a descifrar—, ¿qué te ha pasado?
Al principio me espantó la idea de ser 30 años más viejo que mis antiguos compañeros de aula. Se veían espléndidos, felices. Detrás del autobús, el polvo de la carretera secundaria dejaba una estela amarilla, como la de los cometas.
No recuerdo cómo salí de allí, pero cuando estuve de regreso en casa, sentí un gran alivio. Detrás de los cristales había una mañana de lluvia en Santo Domingo, uno o dos días antes de que empiece 2017. Volví a sentir miedo, pero esta vez de pasado.
Hay algo que me aterra más que envejecer y es volver a perder las cosas que dejé atrás en aquel autobús: los sembradíos, el camino de regreso a casa, la estela amarilla del polvo de mi provincia, el país, todo lo que llegamos a creernos.

Carambola

La neblina no es esa pared
que ahora mismo
no nos deja avanzar
más allá del palo amarillo.
Tampoco el sigilo,
húmedo y acucioso,
que entra en la casa
sin pedir permiso
y registra
todos sus rincones.
Menos aún el silencio
que se queda
a oír nuestra música
o el aire frío que tirita
junto a la chimenea.

La neblina es todo
lo que buscábamos
cuando ninguno
de los dos
sabía de este lugar
y acabamos
encontrándonos
a nosotros mismos.

17 ene. 2017

El olor de la tarde

Se repite en enero como si todavía
noviembre pudiera entrar
por una ventana.
El olor de la tarde,
ese persistente airecito
que apaga el resto
de los sonidos
para que se oiga
el crujir de las ramas,
la respiración de las ollas
y el eco
casi imperceptible
de la gente que dice cosas
sin la más mínima importancia.

El olor de la tarde
es todo lo que recordaremos
de este momento
en que volvemos a casa
para que empiecen
las costumbres de la noche.
Mañana, pasado,
la semana que viene
o dentro de mucho tiempo,
nos seguirá recordando
lo que somos.

Cuando ocurra otra vez
y deje que enero entre
por una ventana de mayo,
justo después
del primer aguacero,
el olor de la tarde
volverá a darle sentido
a nuestro regreso a casa.

Los sueños muertos de Yisel Venegas

Todas las madrugadas, a la misma hora que pasaba por Camarones el tren de Cienfuegos a Santa Clara, me hago el primer café del día. Mientras vigilo la cafetera, abro Diario de Cuba. Por ahí comienza mi proceso de readaptación al mundo y a sus tragedias cotidianas.
Hoy di con una noticia sobre Yisel Venegas. No he conocido a muchos con mi apellido, por eso leo todo lo que aparece en la prensa sobre ellos (salvo que se trate de Julieta, claro está). Yisel se fue de Cuba embarazada y desesperada. Ella y su esposo vendieron todo lo que tenían y lograron llegar hasta el aeropuerto de Georgetown, en Guyana, donde los esperaba un coyote.
En una fonda caminera, entre la vía de Medellín a Turbo, ella asegura que el anuncio de Obama mató sus sueños. Siento mucho la dramática situación en la que se encuentra esa cubana (quien, a lo mejor, es un lejano familiar mío), me gustaría hacer algo por ayudarla, pero creo que se equivoca en algo.
No fue Obama quien mató sus sueños. Ella nació con los sueños muertos. El asesino de sus esperanzas yace (¡por fin!) debajo de una piedra que es celosamente custodiada por un soldado inmóvil. Él y su dictadura son los únicos responsables de que los cubanos prefieran lanzarse al mar o atravesar una selva y más de seis países por tal de escapar de la vida que viven.
Insisto, siento mucho el drama de Yisel, su situación me produce algo parecido a la falta de aire, pero creo que de una vez y por todas debemos dejar de culpar a otros de nuestras propias culpas. Ya está el café. Seguramente el tren de Cienfuegos a Santa Clara hoy tampoco pasó por Camarones.
Me dijeron que dicen que no hay combustible, ni locomotoras, ni esperanza.

16 ene. 2017

12º Celsius

El jueves pasado dormí solo en la Cabaña de Thoreau (en la tarde del viernes bajé al pueblo a buscar a Diana. Llegó en autobús, muerta de frío y feliz del viaje que había hecho). Por una avería, no había electricidad. A la luz de una lámpara me hice unas salchichas, me bebí dos rones y leí cosas de Sam Shepard.
Me levanté a las 5. Colé un café Bustelo y me fui a caminar por el bosque. Nuestro gato Barbieri, como si fuera un perro, me seguía los pasos. Cuando volví quise escribir algo sobre pies secos y pies mojados, también sobre la resignación de los cubanos a que sean otros los que decidan nuestro destino y el futuro de nuestros hijos.
Pero me puse a mirar un arriero (los dominicanos le llaman pájaro bobo) que bajaba con torpeza desde lo alto de un pino, mientras perseguía a un bellísimo lagarto. Los cubanos varados en los aeropuertos, las selvas y el mar. El lagarto ya en el pico del ave.
Anoté la temperatura. 12 grados Celsius. Al final ese dato fue lo único que quedó por escrito. Sin querer, así fue que logré el primer post de 2017… y en muchas semanas.

8 dic. 2016

Inesperadamente, regresé a junio

Ayer en la tarde estaba redactando un texto sobre el 40 aniversario de Brugal Extra Viejo. Justo cuando escribía algo sobre la Navidad de 1976, año en que fue presentado el primer ron dominicano con envejecidos de hasta 8 años, vi que una carpeta salió volando de mi Desktop.
En unos pocos segundos, uno tras otro, perdí todos mis archivos. La desesperación que sentí en ese momento, debe parecerse a la de un piloto que de pronto pierde el control de su aeronave. Llamé a Lorenzo González, un viejo amigo dominicano que sabe tanto de Mac como Tim Cook.
Al final descubrimos que había sido un accidente. Hace más de un año, María heredó un viejo iPhone que primero fue de Diana y luego mío. Para que pudiera acceder a contenidos a través del iTunes, le di acceso a mi cuenta. Tratando de ganar espacio en su obsoleto aparato, empezó a borrar “cosas que ella no usa” en el iCloud.
Solo alcanzamos a recuperar los archivos que tenía antes de junio, que fue la última vez que hice un Time Machine. Perdí el arte final de Como si fuera sábado (el libro con las columnas que publiqué en la revista Estilos), todos los poemas que he escrito en los últimos cinco meses y varios trabajos de Ediciones el Fogonero (mi pequeña empresa de consultoría en estrategias de comunicación).
Hoy he amanecido como quien vuelve a su casa un día después de que se incendiara. Busco entre los escombros todo lo que me pueda servir para salvar algo. Puse de fondo de pantalla la imagen de un tren a punto de partir. Pretendo que eso me de ánimo y fuerzas para el arduo trabajo de recuperación.
Trataba de memorizar en vano uno de los poemas perdidos (se llamaba “300 hilos” y me gustaba mucho), cuando caí en cuenta de que, al volver a junio, hay algo mucho más terrible que perder versos, trozos de una novela, cuentos, reportajes a medio hacer y trabajos de consultoría.
El Gran Dictador aún respira.