25 may. 2017

Sunday Post-Dispatch

Fue la noche que corrimos
bajo la lluvia de Missouri.
Sobre los andenes vacíos
flotaba ese viejo olor
que la noche
deja en las ciudades
antes de abandonarlas.
Yo apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.
Solo las luces del stadium
permanecían encendidas
cuando alcanzamos
el portal del hotel.
Aquella lejana claridad
nos bastó
para volver a decir
las cosas que repetimos,
todos los días,
más o menos a la misma hora.
Luego,
caminando
entre las penumbras
y los edificios abandonados,
intercambiamos saludos
con estatuas,
tranvías
y barcazas.
Todavía no eran las diez
y Saint Louis ya dormía
como un pequeño pueblo.
Ahora no recuerdo
si nos quedamos allí
o nos fuimos
en aquel largo tren
cargado de maíz,
neblina y polvo.
Solo tengo claro
que apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.

24 may. 2017

Regresar a casa

Ayer en la tarde, en una sala de espera del aeropuerto de Miami, avisaron a los pasajeros con destino a La Habana que su puerta de embarque había cambiado. Pocos minutos después, hicieron el último llamado para Santa Clara. No había pasado ni media hora cuando anunciaron un vuelo a Cienfuegos.
Diana seguía en la televisión las declaraciones de John Brennan, exdirector de la CIA, sobre una posible connivencia entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Donald Trump. Yo, todavía despidiéndome de Saint Louis, oía a John Lee Hooker.
Para tratar de ponerme al día, abrí algunas de las páginas que visito regularmente y, en Diario de Cuba, di con el poema “Mi patria” de Abilio Estévez. Como el texto tenía otra música, puse al blues en pausa. Cuando llegué a la última palabra, volví al principio:
“Y aquí estoy finalmente y como debe ser, en mi patria. La encontré en cualquier camino. Solo se precisa andar, navegar mucho para encontrar la patria. Esta misma casa de Long Hill Road, por ejemplo, junto al Passaic River. La tierra que no conquisté, por la que no luché…”.
Todavía tenía a las palabras de Abilio dándome vueltas en la cabeza cuando llamaron al próximo vuelo: “Pasajeros con destino a Santo Domingo, por favor, dirigirse a la puerta D 43”. Entonces advertí cuán lejanas me resultaban ya La Habana, Santa Clara y Cienfuegos.
Solo cuando oí el nombre de la ciudad donde sueño y me despierto supe que había llegado el momento de regresar a casa.

4 may. 2017

La foto al pie de los sucesos

Explicamos esta imagen según el relato de los que defienden a la dictadura de Venezuela: el pueblo oprimido (representado por unos vehículos de guerra blancos) se defiende de una minoría de escuálidos que pretende derrotarlo (representada por una marea humana).

2 may. 2017

Todas las banderas son mudas

No lo enfrentaron, le pusieron una zancadilla. No le permitieron ser diferente a los miles que contemplaron impasibles cómo lo golpeaban y maniataban. Por Wichy García Fuentes, supe que se llama Llorente, que es taxista y un entusiasta de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Los pequeños segundos que dura el video producen una gran rabia. A lo lejos se ve la masa dócil y entumecida. Llorente aparece en cámara a toda carrera, con una bandera norteamericana en alto. Un policía de civil estira una pierna y lo derriba. Una vez en el suelo, le caen a golpes y patadas.
Alguien en Facebook se preguntó qué hacía ese hombre allí con la bandera de un imperio.  Me sentí tentado a comentarle si se había hecho esa pregunta durante todos los 1 de Mayo que, en esa misma plaza, miles de cubanos desfilaron banderas soviéticas.  
Todavía conservo con orgullo el brazalete del Frente Norte de Las Villas de mi padre. Lo llevó atado en su brazo durante los meses finales de 1958. En una vieja película se le ve junto a Camilo Cienfuegos, mientras izan la bandera cubana sobre el Ayuntamiento de Yaguajay.
El diseño del brazalete de mi padre es idéntico al de la bandera con la que Kcho se retrató frente a la Casa Blanca. Sin embargo, en manos de este esperpéntico personaje, luce irreconocible. Serafín Venegas recordaba con aquel pedacito de tela uno de los momentos más auténticos de su vida; Kcho, la afrenta del oportunismo.
Todas las banderas son mudas y solo dicen lo que le conviene al que las enarbola. Su significado no depende de sus colores o su historial sino de la circunstancia en la que son izadas. Por eso a Llorente le pusieron una zancadilla y lo molieron a golpes, mientras que Kcho solo provocó burlas indulgentes, asco.

28 abr. 2017

Almadraba*

La noche aquí es un arte de pesca,
un laberinto de redes
que nos impide aparecer
en los nuevos retratos de familia.
Hosca, impenetrable,
nos corta la respiración
y espera a que nuestras voces
se conviertan en un silbido
que apenas se escucha.

Como el atún rojo
cuando se dirige
a las fauces del Mediterráneo,
nuestro destino es presa
de esta oscuridad
que se asegura de dejarnos
con cada vez menos recuerdos
y  la angustia de ser felices,
tremendamente felices en otra parte.


*Oí por primera vez esa palabra en boca de mi padre, que fue un gran pescador y sabía muchísimo de artes de pesca. Ya no recuerdo por qué, una noche de 2011 ó 2012 se me pareció a una almadraba.

18 abr. 2017

Tres grandes ríos

En mi infancia hubo tres grandes ríos: el Arimao (gracias a mi padre), el Almendares (gracias a los Venegas) y el Mississipi (gracias a Tom Sawyer y Huckleberry Finn). A finales del mes que viene, Diana y yo dormiremos tres noches en San Luis. 
Además de conocer en persona al caudal que inspiró a Twain y a los fundadores del blues, podré ver jugar a Aledmys Diaz, quien nació —como yo— muy cerca del Arimao. Si le contara eso al niño que fui, no dormiría de la emoción.

8 abr. 2017

11 y 6

Acaba de cumplir 11 años y hace 6 años que somos parte de la misma familia. Ayer le conté que yo tenía su misma edad cuando mi padre me hizo una maleta de madera y —después de navegar por encima de las montañas del Escambray, en un barco que seguía el antiguo cauce de un río— llegué al Nicho.
Le conté que nos levantaban a las 6 de la mañana, que solo desayunábamos agua con azúcar caliente y, a veces, un pedacito de pan. Luego nos formaban en una plazoleta y salíamos en fila india para los cafetales, donde chapeábamos, sembrábamos, escardábamos, aporcábamos y recogíamos café.
Al mediodía, nos bañábamos en una ducha de agua helada, almorzábamos harina de maíz con frijoles y volvíamos a formar en la plazoleta para salir en fila india hacia las aulas. Siempre que le cuento algo a María ella me presta mucha atención y, por lo regular, me hace preguntas.
—Suena divertido —fue su única respuesta esta vez.
Aunque yo había hecho la comparación con el ánimo de contrastar nuestras experiencias de vida a la misma edad, ella solo escuchó la geografía dónde sucedían las cosas. Me volvió a preguntar por el barco. Cuando le conté todo sobre el lago Hanabanilla, se lamentó de que los alrededores de la Loma de Thoreau no fueran navegables.
Al final advertí que el culpable de que no funcionara la dramatización de mi infancia era yo mismo. Desde pequeñita la estamos llevando al monte. Juntos hemos sembrado, escardado, aporcado y cosechado. Logramos, incluso, que le perdiera el miedo a la noche oscura en medio del campo.
—Feliz cumpleaños, mi niña —le dije, mientras en algún lugar de mi cabeza sonaba la música de la inolvidable canción de Fito.